José Antonio Tolosa Caceres
Historiador, escritor y poeta

LA TIA JOSEFA

 

LA TIA JOSEFA
 
(EVOCACION DE UN DIA MUY LEJANO)
 
 
 
Cuando la tía Josefa quedó viuda, nada le preocupó tanto como la crianza y educación de sus hijas, Margarita de diez años y Evangelina de siete. Muchos de sus amigos y familiares le aconsejaban trasladarse a la ciudad, pues, -le decían-, allí era más fácil realizar sus deseos por la abundancia de buenos colegios y el roce social con personas distinguidas. Ella hizo caso omiso de tales recomendaciones y optó por quedarse en su finca donde había abundancia de comida, agua pura aire incontaminado y un ambiente sano y propicio para levantar a sus hijas fuertes y saludables tanto del cuerpo como del espíritu.
 
La tía Josefa heredó esas tierras de sus padres, pero fue Pablo Pinto, su marido, quien las enriqueció con todo género de cultivos, potreros para cría y levante de ganados, árboles frutales, cañaduzales y acequias para riego, amén de una casa grande, cómoda y bella, rodeada de jardines y aromada de rosas y claveles. ¿Cómo iba ella a abandonar esa hermosa mansión campestre para irse a la ciudad a vivir en un oscuro apartamento, ahogada con sus hijas entre cuatro paredes? ¡Eso nunca! Como la misión principal era educar a las niñas, entonces, ¿por qué no contratar los servicios de una profesora competente que realizara esta labor bajo su propia orientación y vigilancia? Es así como de la ciudad vino la señorita Elvira del Prado, quien tenía fama de ser una experimentada pedagoga, dama de alcurnia de exquisito trato y costumbres intachables.
 
Con tan excelente maestra empezaron las niñas su educación formal, y la tía Josefa y la señorita del Prado una amistad sincera y cordial que habría de prolongarse por el espacio de sus vidas.
 
Adaptaron par aula de clase uno de los salones de la casa que resultó demasiado espacioso para tan menguado número de alumnas. De común acuerdo, la tía Josefa y la señorita Elvira, resolvieron aceptar alumnos y alumnas de las familias del vecindario y de esta manera, sin darse cuenta, fundaron una gran escuela llamada a prestar invaluables servicios a los moradores de la comarca y, así mismo, a aumentar el prestigio de la tía Josefa, quien pasaba por ser una se las mujeres más emprendedoras y afortunadas de la región.
 
La muerte de Pablo Pinto no fue obstáculo para que la viuda siguiera prosperando de manera constante. Ahora había más cultivos de pancoger, se habían duplicado las hectáreas de caña y los árboles frutales se multiplicaban por todos los rincones de la finca; había mas ganado, mas leche y por consiguiente más prosperidad, porque todos esos productos se mandaban al mercado de la ciudad y una vez convertidos en dinero contante y sonante, la tía Josefa lo reinvertía en más agricultura y mejoras sustanciales de la hacienda.
¡Y es que la tía Josefa era un a mujer de acero! Recién muerto su marido tomó sus pantalones, su sombrero y su machete y como el más arriscado de los peones, se iba al corte de caña, a la sementera o al platanal a dirigir personalmente las duras tareas del campo. Y no se conformaba con dirigirlas, sino que ella, con sus propias manos, ejecutaba los más rudos trabajos con la habilidad de los expertos y curtidos labriegos. La tía Josefa, a más trabajadora incansable, era generosa y sentimental. Un buen número de campesinos de la región eran sus compadres y como los campesinos suelen ser prolíficos, el número de sus ahijados en edad de trabajar, satisfacía la mano de obra necesaria; y como eran sus ahijados a quienes trataba como a sus propios hijos, todos se preocupaban por hacer las cosas bien, con la mayor economía y con la mejor voluntad. La tía Josefa les pagaba oportunamente sus servicios y, además, los recompensaba con regalos y un trato amable y familiar.
 
Por esas naturales razones, la hacienda prosperaba y la tía Josefa era cada día más rica.
 
Por aquella época, el Gobierno construía la línea férrea entre la capital del Departamento y una importante ciudad de la provincia, lo cual contribuyó a una mayor expansión de los negocios de la tía Josefa, pues el ferrocarril compraba una gran cantidad de productos de consumo que la Hacienda suministraba en gran parte. Esta bonanza se extendió a toda la región y muchos de los comarcanos trabajadores vieron compensados sus esfuerzos con mayores ingresos y bienestar común.
 
Fue entonces cuando a mi padre le dieron un cargo directivo en el Ferrocarril, por lo cual se vio forzado a viajar a la ciudad junto con mi madre y resolvieron dejarme provisionalmente, según ellos, en casa de la tía Josefa para que acompañara a las primas y aprendiera con la profesora las primeras letras en la citolegia.
 
Margarita y Evangelina me adoraban y, desde muy niños, pasábamos juntos la mayor parte del tiempo, pues la otra porción de la vieja hacienda era la herencia de mi madre; mas como mi padre no era campesino ni hombre de trabajos rústicos, nuestra heredad permanecía casi abandonada, llena de rastrojos y por consiguiente improductiva.
 
Ahora yo vivía definitivamente en casa de la tía Josefa. Compartía con las primas sus pequeños oficios, sus juegos y desde luego sus conocimientos, pues recibía, como ellas, clases ilustrativas de la señorita Elvira del Prado. La profesora nos enseñaba a leer en la citolegia que era una cartilla escrita en letra cursiva, sin ningún dibujo que alegrara la monotonía del deletreo. La doctrina la aprendíamos en el Catecismo de Gaspar Astete y la preceptiva literaria en el tratado de gramática de don Jorge Roa, verdaderos ladrillos pedagógicos que la señorita del Prado nos atornillaba en la memoria. Pero no todo era disciplina y dureza, también nos deleitábamos leyendo las hermosas narraciones del Nuevo Lector Colombiano o los bellos cuentos de hadas de Perrault y los hermanos Grimm.
 
Los sábados no había clase. Este día lo dedicaba la profesora al arreglo de su cuarto, al zurcido de medias o al lavado de ropa.
 
Entonces las primas y yo nos íbamos al campo. Brincando de contento bajábamos por la loma verdecida y atravesando la platanera llegábamos a la quebrada de grandes piedras y aguas cristalinas. En un claro del tupido barzal de las orillas, el agua se remansaba formando un amplio pozo de poca profundidad, cuya transparencia dejaba ver la blanca arena y las menudas pedrezuelas que acolchonaban el fondo. En ese oasis paradisíaco nos echábamos a nadar y a hacer toda clase de piruetas y juegos inocentes en la más absoluta libertad y vestidos solamente con la piel natural que el agua fría erizaba y el sol temprano acariciaba con sus rayos saludables.
 
En una mañana soleada y tibia en que gozábamos tan delicioso baño, Margarita, de pronto, saltó despavorida, y emitiendo un grito de asombro empezó a correr como una loca por el camino hacía la casa. Corría desesperada, con un llanto incontenible que le impedía expresar lo que le había sucedido o le estaba sucediendo. Evangelina echó a correr tras ella, en el mismo traje de Margarita, es decir, en el de la madre Eva antes de la manzana, pero sin lograr alcanzarla, tal era la velocidad con que Margarita ascendía la cuesta que momentos antes había bajado tan alegre. Yo, que también me bañaba en el traje de Adán, me puse mis calzones y recogiendo la ropa de las muchachas, las seguí corriendo y como no lograra alcanzarlas disminuí el paso y medité sobre lo que pudieran pensar en la casa la señora Profesora y la tía Josefa de nuestra osadía de bañarnos desnudos hombre y mujeres. Preferí llegar rezagado.
 
Me detuve un buen rato entre los naranjos que bordeaban el camino, tratando de percibir algo de lo que estuviera sucediendo, pero no oía ni el llanto de Margarita, ni la voz de la tía Josefa ni los gruñidos de doña Elvira del prado. El silencio imperaba en el entorno y la curiosidad aumentaba en mi imaginación.
 
Entonces resolví hacerme presente y para salir de dudas, rodeé el jardín y entrando en la casa por la puerta de atrás, me agazapé bajo el dintel de la ventana del cuarto de las niñas. Entonces pude oir las voces de la tía Josefa y de la profesora que inquirían la razón por la cual Margarita se hallaba desnuda y aseguraba, llena de pavor, que la había mordido un pescado y que se estaba desangrando. Pero como se había metido bajo las sábanas, las señoras no podían ver la sangre ni el lugar de la mordedura ya que cuando intentaban descubrirla, ella se arrebujaba más en la cobija y como una gatita consentida se defendía con las uñas. Optaron por dejarla sola y Margarita se quedó dormida. Entre tanto Evangelina vestidita y fresca se había incorporado a la cocina, donde muy juiciosa le ayudaba a Rosana, la cocinera, a preparar el almuerzo. Yo continuaba agazapado en la ventana esperando los resultados de lo que ocurría en la alcoba de las niñas. De pronto oí que la señorita del Prado preguntaba a la tía Josefa: ¿cuántos años tiene Margarita? Va a cumplir trece el mes entrante. ¡Ah claro!, ya me lo estaba imaginando. Lo que pasa mi querida Josefa, es que Margarita se ha hecho mujer aunque sicológicamente sigue siendo una niña inocente. Lo que no puedo explicarme es como pudo llegar desnuda y con la idea absurda que un pescado la ha mordido. 
 
“¡Yo puedo aclarar eso”, -dijo Evangelina-, que de manera furtiva se había metido en la pieza, para enterarse del estado de su hermana: “ es que nos estábamos bañando en el pozo del “Juncal” y como allí hay tanto “panche” y tanto “jabonero”, tal vez uno de esos la mordió. “¡Imposible!, -dijo la profesora-, “esos pececillos no muerden”. ¿De manera que se estaban bañando desnudas? Sí señora, es que no queríamos que se nos mojara la ropa. “¿Y... el sinvergüenza del Antuco también estaba con ustedes?” Inquirió la tía Josefa, “no mamita, ese no quiso acompañarnos, se fue con Anselmo a cortar unos racimos de plátano y no ha regresado todavía.” Admiré la audacia de la muchachita que de manera tan fácil nos libraba de un chaparrón.
 
En la casona de la tía Josefa el tiempo transcurría placentero...
 
Varios años después, en el tren regional, llegaron unos ingenieros, ingleses que según se decía venían a explorar la región que resultó ser rica en un raro metal muy estimado para las artes de la guerra. Se hospedaron naturalmente en la mansión de la tía Josefa y emprendieron sus investigaciones. No se si encontraron las minas del maldito metal, lo que si me consta es que mister George Gordon, el más joven de los ingenieros, se enamoró perdidamente de Margarita y que con todos los respetos y solemnidades la pidió formalmente en matrimonio, a lo cual, después de muchas lucubraciones, dudas y lágrimas accedió la tía Josefa. Hay que agregar que Margarita, para esta época, se había transformado en una mujer esplendorosa, culta y bella como una dama inglesa, gracias a las enseñanzas y buenas maneras de su profesora doña Elvira del Prado.
 
Y mister Gordon y Margarita se casaron en la iglesia del pueblo y como él era inglés se la llevó a Inglaterra. La tía Josefa sufrió mucho la ausencia de su hija, pero cuando le llegó de Londres una carta con la primera fotografía de su nieta Margarita Gordon Pinto, la tía Josefa casi se muere de la dicha y doña Elvira del Prado no se cansaba de alabar la belleza y distinción de su exalumna.
 
Para entonces, la tía Josefa ya no era la misma. Había envejecido y estaba un poco enferma, aunque disimulaba sus dolencias para no dejar decaer su buena fama de mujer fuerte y varonil. Doña Elvira del Prado también estaba anciana y achacosa. Pocos días después, anunció su retorno a la ciudad para reunirse con los suyos. No había transcurrido una quincena cuando recibimos la ingrata noticia de su muerte.
 
La tía Josefa, al saberlo sufrió un colapso que en breves días la llevó también a la tumba.
 
La enterramos en el cementerio del pueblo. Nunca hubo en toda la región un entierro como el de la tía Josefa. Todos los habitantes de la comarca, sus compadres, sus ahijados, sus amigos se hicieron presentes en una manifestación sincera de dolor y de pena. El cura párroco pronunció una conmovedora oración fúnebre y el alcalde expidió un decreto de honores... Allí la dejamos, en el cementerio, bajo un cúmulo inmenso de guirnaldas, de ramos y de flores del campo.
 
Evangelina y yo regresamos muy tristes a la hacienda. Todo nos parecía insípido, abandonado como si la mano del tiempo hubiera marchitado los campos y las flores. Entonces comprendimos con una claridad diáfana, cuan grande y cuán buena era la tía Josefa. Su ausencia definitiva se hacia sentir por todos los rincones y hasta los perros y las vacas estaban como aletargados de dolor.
 
Para disipar tanta pena, me dediqué al trabajo. La hacienda ha prosperado. Introduje nuevas tecnologías agrícolas y desarrollé nuevos métodos de distribución y mercadeo. Todo va viento en popa, como si la tía Josefa estuviera animando con su espíritu cada operación.
 
Esta tarde, he estado contemplando el álbum fotográfico de la familia.
 
Aquí está la tía Josefa en plena juventud, el día de su matrimonio con Pablo Pinto, ¡qué hermosa era ella y él qué galante y apuesto!
 
En esta otra foto están Margarita, en el Jardín de su casa de Londres, Junto a su esposo George y su bella primogénita y aquí en esta fotografía en sepia, se ve a doña Elvira del Prado partiendo el ponqué el día de mis cumpleaños. A medida que paso las páginas del álbum, regreso al pasado como en sueños. De pronto sobre mis hombros se posan unos brazos cálidos y el tibio aliento de una boca bella que me susurra al oído:   Mi querido “Antuco”, vas a ser padre por segunda vez. Si es niña la pondremos Josefa como mi madre, que es también tu tía y tu suegra”.
 
Me levanté de un salto y abrazando a mi esposa la besé con la mas honda ternura del alma.
 
Las flores del jardín se mecieron alegres como si el espíritu de la tía Josefa las acariciara con sus dulces manos. ¡Evangelina y yo evocamos entonces todas las vivencias de un día muy lejano perdido en la memoria!