José Antonio Tolosa Caceres
Historiador, escritor y poeta

EL PALMAR

El Palmar

 
El Palmar era un pequeño fundo rural ubicado en una olvidada región del municipio.
 
No obstante el abandono oficial, entre las propiedades de su entorno pasaba por ser una de las mejores, dada la fertilidad de sus tierras, sus aguas abundantes y limpias y la belleza de su paisaje, tachonado de palmeras de cera, de donde el fundo derivaba su nombre.
 
Era una heredad en el verdadero sentido del vocablo, pues don Fabián Meneses la heredó de sus padres, quienes a su vez la obtuvieron por herencia de los suyos, y así en una larga cadena retrospectiva de herencias familiares.
 
En otro tiempo, la casa nueva de amplios corredores, construida sobre un promontorio hacia la cabecera del valle, parecía asomarse para contemplar por sus claras ventanas la magnificencia de sus verdes colinas y el suave abanicar de las palmeras.
 
Era una casa alegre y limpia.
 
Imperaban en élla la abundancia de bienes materiales y el amor, pues Fabián y Juana Josefa estaban recién casados y esperaban dichosos el advenimiento de su primer hijo.
 
Lo llamarían Fabián José si era varón, para que tuviera de éllos la identidad compartida de sus nombres, del mismo modo que la amalgama de sus genes.
 
Pero si nacía hembra, la llamarían Josefa simplemente.
Y nació varón y se llamó Fabián José como estaba acordado.
 
Dos años más tarde, nació Juan Anselmo, a quien bautizaron con estos nombres en honor de sus recíprocos abuelos.
 
Juana Josefa era una campesina fuerte y hacendosa. Respiraba salud por todos los poros de su cuerpo y tenía la belleza natural que otorgan a la mujer del campo el agua prístina, el aire puro y el paisaje abierto.
 
Don Fabián, en el filo de sus treinta y cinco años, era un hombre robusto, alto y recio como un roble. Trabajaba de sol a sol cuidando sus ganados, orientando los cultivos, forjando con tesón indomable un patrimonio que le aseguraba un transcurrir sin tiranteces y el porvenir de su esposa y de sus hijos.
 
Y Dios premiaba su trabajo. La riqueza aumentaba en la medida en que crecían también en ese noble hogar el amor y la esperanza.
 
Al cabo de algunos años, Juana Josefa empezó a enfermar.
 
Una rara dolencia que duró mucho tiempo, le carcomía las entrañas. Le caminaba por la matriz, como una víbora. De la hermosa mujer, sólo quedaba ahora, una sombra pálida y enclenque.
 
Don Fabián no ahorró esfuerzos ni dinero para tratar de curarla. La hizo ver de los más afamados galenos, la internó en los más prestigiosos hospitales, en las clínicas más sofisticadas, pero todo fue inútil. Los médicos simplemente recetaban paliativos para los dolores, remedios anodinos que apenas la calmaban por momentos, pero que no atacaban la raíz del mal.
 
En una arremetida violenta de la enfermedad, murió Juana Josefa.
¡Entonces en el alma de don Fabián, murieron también el brío y la esperanza!
 
En menos de dos años, la bella hacienda de El Palmar se convirtió en una rastrojera de espinos y moriches. Los potreros, ayer limpios y verdes, donde pastaban relucientes caballos y vacas de ubres generosas, eran ahora un monte cerrado, donde apenas podían subsistir culebras y lagartijas.
 
Las palmas acosadas por las enredaderas silvestres, empezaron a secarse y la acequia de riego se borró del suelo, tapada por los derrumbes y las hierbas.
 
¡Se acabó El Palmar! -se lamentaba la gente. ¡Pobre don Fabián!....
 
Un tiempo después, a don Fabián empezó a entumecérsele una pierna. Bajo intensos dolores, se le fue poniendo lívida, perdió la fuerza de sus músculos y se hizo delgada, seca y retorcida como un bejuco.
 
Para poder movilizarse recurrió a las muletas. No consultó médicos ni acudió a brujos, sino que se sentó en un extremo del corredor y arrellanado en un viejo taburete pasaba la mayor parte del tiempo silencioso y absorto, con la mirada fija en un punto indeterminado del horizonte.
 
- ¡Ah perra pierna pa dolerme! -Exclamaba de cuando en cuando, mientras sobaba la extremidad inútil con espesos salivones de tabaco!
 
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Un día cualquiera llegó a la finca una patrulla de reclutamiento militar y habiendo encontrado a Fabián José -que para entonces, era un mozalbete de veinte años-, lo amarraron como a un potro arisco y sin explicaciones lo echaron a empujones rumbo a los cuarteles de la ciudad.
 
Juan Anselmo se salvó del reclutamiento por hallarse ausente haciendo unas diligencias en el pueblo.
 
La vida en El Palmar, era ahora, más monótona y triste.
 
Escaseaba el pan de cada día y don Fabián estaba cada vez más enfermo, no tanto de la pierna como del espíritu.
 
Poco tiempo después, Juan Anselmo se marchó también.
 
Se fue a escondidas, sin dar explicaciones, sin decir a dónde iba ni cuál era el motivo de su decisión.
 
Entretanto, don Fabián, sentado en su taburete desfondado, en un extremo del corredor, no hablaba ni se lamentaba, pero seguía con la mirada fija, contemplando, sin verlo, un punto indefinido del horizonte.
 
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Seis meses atrás había llegado una carta de Fabián José.
 
La recibió Cleotilde. La vieja sirvienta que permanecía en la casa desde los tiempos de Juana Josefa y que había compartido con la feliz pareja, los buenos tiempos de la hacienda, y había coadyuvado a la crianza y educación de los muchachos. Ahora -vieja y achacosa- compartía con su patrón, su largo silencio y su miseria.
 
Fabián José decía en su carta que se había decidido a seguir la carrera militar y que ya era dragoneante del ejército. Lo prevenía en el sentido de que estuviera preparado, pues de un momento a otro vendría por él y Cleotilde, para llevarlos a la ciudad donde pudieran disfrutar de una vida menos solitaria y más civilizada.
 
Don Fabián leyó la carta sin mayor entusiasmo.
 
Le agradaba tener noticias de su hijo, pero no le halagaba la idea de abandonar El Palmar.
 
- Son sueños de muchacho -pensaba-, ¡a mí ni muerto, me sacan de esta tierra! Conque ya es dragoneante. Debe sentarle muy bien el uniforme. Es todo un hombre fornido y muy buen mozo.
 
Así, pensando, fijó la mirada en la cruz de palo, que recubierta por los musgos, abría sus brazos protectores sobre la tumba de Juana Josefa.
 
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Aquella tarde amenazaba lluvia. Negros nubarrones se iban formando en el filo de la cordillera y un viento helado y húmedo soplaba por el cañón del valle, con lo cual a don Fabián se le agudizaban los dolores de la pierna.
 
De la cocina salía un humo azul que se confundía con las nubes bajas del exterior e indicaba que Cleotilde estaba preparando la sencilla comida de la noche.
 
- ¡Don Fabián -gritó Cleotilde desde la cocina-, es mejor que se dentre pa’dentro, vea quese viento helao le hace daño pa su pata mala! ¡Uh... mejor métase pa la cocina pa que se coma su mazamorrita y se caliente los güesos con el calor de la candela!
 
Don Fabián optó por irse a la cocina y silencioso como siempre, cuchareó la sopa y calentó su extremidad enferma al calor de la lumbre.
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A muchos kilómetros de El Palmar, en el patio de milicias del Cuartel General, un superior del ejército impartía las últimas instrucciones al pelotón de soldados que estaba destinado a realizar un delicado operativo militar.
 
- Esta misión -les decía- hay que llevarla a cabo con suma prudencia. Deben aplicar todos los conocimientos tácticos que se les han enseñado. Deben ser sigilosos, prudentes, rápidos en la acción y, sobretodo, no dejarse sorprender por el enemigo, pues la sorpresa es la mejor arma de los subversivos, como ya hemos logrado comprobarlo. Al mando del operativo va el dragoneante Meneses Fabián José. ¡Deben obedecer sus órdenes so pena de regresar a los cuarteles con los pies para delante o pudrirse en el monte con la boca llena de hormigas, o en el peor de los casos, comidos de los gallinazos!
 
Luego agregó:
 
- Dragoneante Meneses: Sírvase revisar los equipos, cerciórese de si llevan municiones suficientes y con su valor y ejemplo revitalice el orgullo de su tropa. Antes de una hora deben estar caminando hacia su objetivo. Buena suerte!
 
- Como ordene mi teniente, -dijo Fabián José-, cuadrándose militarmente y de inmediato se dispuso a cumplir las órdenes al pie de la letra.
 
Horas más tarde, una hilera de sombras militares marchaba silenciosa por entre los breñales de la sierra, fantasmalmente reflejada por la luz de la luna.
 
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En otro lugar de la región, al pie de los farallones de un peñasco y bajo la fronda espesa de árboles inmensos, un hombre de barba enmarañada y acento extranjero, instruía también a un grupo de hombres al parecer militares, pues vestían prendas privativas de las Fuerzas Armadas del gobierno y estaban equipados con fusiles, metralletas, granadas, estopines y otros sofisticados instrumentos de muerte.
 
Les decía:
 
- Nuestro objetivo es la Caja Agraria y, desde luego, la Estación de Policía. Hay que atacar por sorpresa, en las primeras horas de la mañana, cuando las gentes se encuentran durmiendo y los llamados "agentes del orden" están completamente desprevenidos. ¡Hay que darles con todo! ¡No ahorren balas ni bombas ni granadas. Tiren a matar así sea a su propia madre! ¡Las demás instrucciones de la operación las tiene el comandante Meneses y deben ser cumplidas rigurosamente!
 
Y luego, -dirigiéndose a un joven alto, moreno y musculoso, agregó :
 
- Comandante Meneses Juan Anselmo: lo hago responsable de este trabajito. Si fracasa, ya sabe cuáles son las consecuencias. ¡Y arranquen que pa luego es tarde!
 
Y arrancaron...
 
Caminaron toda la noche por entre riscos y breñales, atravesaron profundos callejones y salvaron abismos verticales, subieron y bajaron cuestas empinadas y a eso de las cuatro de la mañana tuvieron a la vista las solitarias calles, apenas iluminadas por titilantes bombillas, del pequeño poblado que era su objetivo.
 
Entonces el comandante Meneses detuvo a su gente. La dividió en dos grupos e impartió las más estrictas órdenes de ataque. Uno de los grupo asaltaría la Estación de Policía y el otro se dirigiría directamente a las instalaciones de la Caja Agraria. ¡Derribarían el edificio a bomba limpia, retirarían el dinero que encontraran y le prenderían fuego a todo, luego saldrían disparando en todas direcciones y matando de perro para arriba! Todo en treinta minutos como máximo.
 
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Cuando el pelotón de las Fuerzas del Orden, que comandaba el dragoneante Meneses, alcanzaba la entrada del poblado por la calle central, en el centro se oyó la primera descarga de disparos. Fue una carga cerrada de armas diversas, que se mezclaban con estallidos de bombas y granadas de mano.
 
De inmediato, el comandante dividió a sus efectivos en tres grupos. Uno entraría por la calle de arriba, otro por la calle de abajo, y él con el resto de su gente, avanzaría por la calle central para sorprender al enemigo en una operación envolvente.
 
El encuentro de las fuerzas antagónicas fue brutal. Una carnicería en la que caían por parejo los atacantes de ambos bandos. De las casas, aún bajo la neblina fría de la madrugada, salían gritos desesperados, se oía el llanto de los niños y los lamentos de las mujeres y los viejos. La Casona de la Caja Agraria se había derrumbado y de su esqueleto de madera reseca salían altas llamas que amenazaban la iglesia y la Alcaldía. ¡Del cuartel de policía no quedaban sino los escombros y los cuatro agentes de la guarnición ya no eran de este mundo! El dinero de la Caja Agraria viajaba con la vanguardia subversiva, bien acomodado en una tula de lona. ¡La pequeña plaza del poblado estaba sembrada de cadáveres!
 
Al voltear una esquina, el dragoneante Meneses miró a su alrededor y se vio sólo. Una súbita oleada de temor lo sacudió como a una hoja, pero su entereza de militar pundonoroso lo hizo reaccionar de inmediato.
 
En ese momento su miedo se desvaneció completamente con la presencia de uno de los atacantes enemigos, que a veloz carrera se desplazaba por la calle en busca de la salida. Sin pensarlo dos veces, el dragoneante disparó su fusil, el subversivo trastabilló pero no caía. A grandes trancos, zigzagueante, seguía avanzando en busca del camino y el amparo de sus compañeros. El dragoneante disparaba sin tregua. Por fin, el hombre se fue de cabeza contra el piso de la calle y quedó tendido bocarriba, entre el andén y un poste de luz eléctrica.
 
- Lo maté -pensó el dragoneante- y quiso cerciorarse de quién se trataba, pero cuando llegó cerca de su víctima, el moribundo lo sorprendió con una ráfaga de pistola que le perforó el pecho y lo tiró de bruces para morir, con los brazos abiertos, sobre el cuerpo ya exánime de su desconocido enemigo....
 
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EPILOGO
 
Arriba, en el angosto valle que se abre entre dos cordilleras y que conforma la abandonada hacienda de El Palmar, el día amaneció espléndido.
 
Don Fabián Meneses madrugó más que de costumbre a sentarse en su destartalado taburete para contemplar el paisaje, pero en su rostro no se reflejaba ninguna amargura, tánto que Cleotilde lo notó de inmediato cuando vino a traerle la acostumbrada taza de café caliente.
 
- Don Fabián -le dijo-, lo noto como mejorcito.
 
- Sí Cleotilde -contestó-, anoche dormí como nunca y curiosamente la pierna no me dolió tánto. Pero lo más extraordinario es que tuve un sueño magnífico.
 
- ¿Y qué soñó, don Fabián?
 
- ¡Soñé que habían regresado los muchachos! Los vi venir por el camino real, abrazados, como cuando regresaban de la escuela. Lo curioso es que ambos vestían uniformes militares y traían las caras pintadas de colores. Hay que medio asear esta covacha, no vaya a ser que nos sorprendan. Los sueños largamente esperados se cumplen a veces.
 
Cleotilde regresó a la cocina con una rara sensación de alegría y de tristeza entremezcladas.
 
Miró por una tronera del bahareque hacia el jardín y entonces descubrió, con mirada sorprendida, que entre los musgos de la cruz de palo que se alzaba sobre la tumba de Josefa, ¡habían florecido dos orquídeas!