José Antonio Tolosa Caceres
Historiador, escritor y poeta

CINCUENTA Y CINCO AÑOS


           Cincuenta y Cinco Años

 
Este once de abril he cumplido 55 años de edad.
 
Cinco décadas y media de existencia, vale decir 20.075 días o lo que es lo mismo 481.800 horas.
 
Cómo pasa el tiempo…
 
Cómo la vida se nos va escapando en un lento gotear de horas y minutos y con cuántas sorpresas nos percatamos de que el pozo de la existencia, que un día creímos inagotable, se va menguando, lenta e inexorablemente.
 
Pero lo triste no es el hecho de que el pozo se extinga, de que las últimas gotas de vida se nos escapen sin remedio; lo triste es pensar que hemos vivido tanto tiempo corriendo tras un vellocino fantasmal que nunca logramos alcanzar… pues aunque lo creíamos delante de nuestros ojos, a cortisima distancia de nuestras manos, no fue mas que un señuelo engañoso, un espejismo, una ilusión situada más allá de la vida en los horizontes de la muerte.
 
Cuando se llega a esta edad nos resistimos a creernos viejos porque aun sentimos que la vida se agita en nuestros nervios y la sangre se precipita por los causes de las venas golpeando, ardorosa aún, el corazón, nuestro cerebro mantiene todavía su lucidez y su capacidad para la ilusión o el raciocinio y nuestros ojos pueden extasiarse en la contemplación de la belleza, de sus manifestaciones, llámense sonido, paisaje, forma, color o mujer. Es entonces cuando nos enteramos del momento crítico por el que estamos pasando pues aún sentimos como jóvenes, nos vemos obligados, por obra y gracia de las circunstancias a actuar como viejos un tanto obsoletos y pasados de moda.
 
Es ahora, cuando una jauría de dudas, ululante y rabiosa, nos asalta: ¿habremos equivocado el camino de la vida? ¿habrá estado mal hecho lo que hicimos?  ¿nos equivocaríamos en la elección de la mujer que al igual que nosotros ha hecho a nuestro lado el recorrido de la existencia y en cuyas pupilas adivinamos una sombra de duda como si no acabara de convencerse de nuestra hombría y la asaltara la incertidumbre de lo desconocido? y, ¿que decir de nuestros hijos? Ellos que nos creían el hombre más importante del mundo, nuestra voluntad era para ellos omnímoda y nuestra cultura y nuestra inteligencia sencillamente asombrosa. Ahora saben más que nosotros, piensan mejor que nosotros y sobre todo son personas modernas desinhibidas y sin complejos, nosotros, en cambio, somos un pobre viejo anticuado y absurdo!
 
¡Inexorablemente nos hacemos viejos!
 
La nieve de los años amontona su escarcha en nuestras sienes, y una ventisca helada nos azota el alma.
 
La primavera de nuestra vida ha sido devorada por un otoño tenebroso nuncio a su vez de un invierno ciego y sin horizonte.
 
Y, sin embargo, el corazón – roble de sangre tibia – se resiste a las claudicaciones y marca sus compases isócronos en una diástole de recuerdos y una sístole de esperanzas.
 
Y es que a pesar de viejos aun vivimos.
 
Hoy al cumplir medio siglo largo de vida me he puesto a meditar profundamente en las muchas alternativas, vicisitudes, tristezas y alegrías que el destino me ha deparado a todo lo largo  del camino recorrido.
 
He querido reconstruir en el pensamiento esa existencia y me he llevado la sorpresa de no recordarla, o al menos de no poderla reconstruir tal como la viví o creí haberla vivido.
 
Es como si el calidoscopio de la memoria  deformara la imagen del pasado y en la pantalla de la mente proyectara sólo el esquema de nuestro historial aboliendo los detalles que otrora creímos importantes y que acaso- constituyeron la salsa de nuestro oscuro discurrir cotidiano.
 
                                                              
                           Cúcuta abril 11 de 1979