José Antonio Tolosa Caceres
Historiador, escritor y poeta

RELATOS DE LA ABUELA

 

Recuerdos de Bochalema
                                          
 
 
Yo soy el más humilde de los hijos de Bochalema.
Mi cuna rudimentaria y vegetal se meció en la cresta de esos cerros circundados de nubes y raramente iluminados por el celaje gris de la mañana o por el opalescente sol de los venados.
 
Yo he llevado en el alma ese paisaje undívago y sereno, profundo como los arroyuelos de la vertiente andina, claro y transparente como sus aguas límpidas.
 
Mi niñez fue triste…
Reflejo del paisaje y del silencio que reina en las oquedades de la montaña o en las risueñas vegas de las quebradas sonorosas. Pero mi paisaje interior, como el paisaje comarcano, también está lleno de flores multicromas, de canciones asordinadas, de música de brisa y animado por el concierto de las aves canoras.
 
Mi niñez transcurrió por aquellas soledades.
Recuerdo la casa grande de anchos corredores, orlados de helechos y begonias, por donde la abuela paseaba su cansancio regando matas, arreglando macetas, poniendo frutas en las jaulas llenas de Paraulatas cadenciosas o echándole maíz a las gallinas ponedoras. Todo un cuadro rural digno de la pluma de Virgilio. Y toda la comarca una Arcadia de paz y de abundancia.
 
Según los relatos de la abuela, que yo conservo en la memoria, la familia Cáceres-García, había sido rica terrateniente y políticamente preponderante en la región, hasta principios de la Guerra de los Mil días. La casa de don Sebastián Cáceres y dona Mercedes García, se ubicaba en una meseta, que llamaban EL ALTO DEL CHAMIZO en el viejo camino que iba de Bochalema hacia los pueblos de occidente de lo que hoy es Norte de Santander; y que comunicaba con Bucaramanga y el interior del país. Cuando la guerra fraticida invadió las ciudades y los campos de nuestro territorio, las huestes en conflicto asomaron por esos entornos. Primero fueron los conservadores quienes arremetieron contra las cosechas y ganados de los esposos Cáceres-García en castigo por ser liberales y más tarde, los liberales arrasaron con lo sobrante de la hacienda en castigo por haberse dejado saquear de los conservadores. Así llegó la ruina a nuestra casa. Don Sebastián y dona Mercedes se hundieron en la muerte. Quedaron sus hijos, ignorantes y pobres. Transcurrió el siglo XX sin que ninguno de la familia pudiera levantar la cabeza. Como eran un buen número de herederos la tierra se hizo minifundios improductivos y la miseria se generalizó entre la familia hasta el punto de que recordaban esos tiempos como una pesadilla del pasado.
 
 
Contaba mi abuela que después de la guerra fue tan grande la hambruna que para proveerse de proteínas, consumían lombrices de tierra y chizas de los palos podridos. Y como los males no vienen solos, una plaga de langostas se extendió por la tierra tan innumerable y tan espesa, que ocultaba el sol y el día parecía una noche interminable. De esa vieja casona de ancestrales recuerdos, conservo en la memoria a varios tíos de mi abuela: el tío Ramón, flaco y moreno, con los dientes renegridos de nicotina y un eterno gracejo en los labios. El tío Justo, ignorante de remate, pero matemático de extraordinarias facultades pues era constructor de trapiches y de piladoras de café, máquinas rudimentarias, pero que requieren la precisión matemática y las proporciones exactas para su funcionamiento. El Maestro Justo llenó de estos artefactos la región. Y finalmente, la tía Josefa, dulce como una guinda y mansa como una paloma torcaz. Viuda desde muy joven labró su pedacito de tierra con la reciedumbre de un varón, formó una familia sin huella y sin mancha pasó por la existencia como un alma de Dios. Esa es a grandes rasgos la tradición de mi familia. Don Gonzalo Tolosa y Velasco había venido a la región como agregado militar enviado por el General Cote Bautista para meter en pretina la casta de los barqueros, que eran unos facinerosos que asolaban la comarca y que con sus robos y depredaciones de todo género humillaban a los campesinos y las poblaciones; Gonzalo Tolosa logró su objetivo, exterminó a los barqueros, pero a su turno fue vencido y doblegado su corazón por una gacela de la montaña, rubia como las naranjas en sazón y limpia como el agua que vierte de las rocas. Esa gacela fue mi madre!.
 
Papá se retiró del ejército y emprendió una serie de aventuras en la vida civil, pero como buen militar fracasó en todas, quiso se agricultor, ganadero, tendero pero en ninguno de estos oficios encontró el aliciente de su vocación. Lo salvó el ferrocarril, lo nombraron en un cargo en la línea férrea que avanzaba de la Donjuana hacia el raizón. Recuerdo borrosamente que pocos días después me trajeron del “Alto del Chamizo” , “atuchado” en la espalda de un tío y que fui feliz porque un muchacho que seguramente trabajaba al servicio de mis padres, me paseaba por la explanada de la línea férrea en una carretilla, lo cual me llenaba satisfacción. Yo era un niño débil y enfermizo. Después me llevaron a Pamplona y el paisaje y las gentes de mi tierra nativa se fue borrando en mi vida adolescente. Y al cabo de tantos años, como el hijo pródigo, de la leyenda bíblica, he regresado a mi solar nativo.
 
Sin embargo, la vida me ha dado mil satisfacciones y me ha brindado la felicidad a que pueda aspirar un corazón sencillo, tales como tener un hogar con una esposa buena y unos hijos que de niños nos llenaron de esperanzas y nos alentaron para luchar y ya de adultos nos honran con su cariño y respeto.
 
Así es como llevo en el fondo del alma la imagen de Bochalema. En mi corazón están gravados de manera indeleble sus dulces amaneceres campesinos orquestados de pájaros cantores, de murmurios de agua en las cañadas y abanicar de brisa transparente en el verdor de la pradera y por encima del conjunto, un cielo azul e inmaculado como mis pensamientos, como mis sueños.
 
Evoco ahora a mi abuela doña Maria Cáceres para quien escribí una pequeña romanza que canta a una mujer pura, a una tierra buena y a un niño triste..
 
¡No sé por qué,
pero las flores
me tornan soñador!
 
Mi abuela era hortelana
y en su huerto
había muchas flores
de variado color.
 
Aquí la hierbabuena,
la malva, las violetas,
el crisantemo, el trébol,
llantén y girasol.
Flores, como mi abuela,
sencillas y discretas,
¡delicadas y tristes
como yo!
 
Entonces yo era niño,
tenía los ojos tristes
y triste la sonrisa,
con la suave tristeza
de una tarde sin sol.
 
Y de la mano flébil
de la abuela lejana,
paseaba mi tristeza
por su huerto de amor.
 
Después por los caminos
inciertos de la vida,
junto con mi tristeza
paseado he mi dolor.
 
¡Ya no existe aquel huerto
ni existe la hortelana
y el niño de ojos tristes
y triste la sonrisa
hace ya mucho tiempo
murió en mi corazón!
 
¿Será, quizá, por ello
que las flores
me tornan soñador?