José Antonio Tolosa Caceres
Historiador, escritor y poeta

CARTA A MI PRESUNTO BIOGRAFO

Carta a mi presunto biógrafo
 
Estimado amigo:
 
Correspondo a su atenta misiva, por la cual me hace saber que tiene el proyecto de escribir la biografía de mi humilde persona y para tal efecto me solicita información exhaustiva sobre mi vida y milagros.
 
Lo primero que debo manifestarle es que usted me abruma con su gentileza; me honra y me enaltece de tal forma, que no tengo palabras para expresarle mi agradecimiento.
 
No me cabe en la cabeza que un hombre tan importante como usted, un escritor de tánta nombradía y de tan gran calado en las letras nacionales, se ocupe de un insignificante personaje como yo, pues ha de creerme, nunca tuve pretensiones publicitarias y mucho menos pensé llegar a reunir méritos suficientes para que valiera la pena de ser biografiado.
 
Pero usted así lo quiere y mal haría yo en oponerme a su loable anhelo, máxime cuando éllo me beneficia de manera tan extraordinaria.
 
Debo anotarle, sin embargo, que me había propuesto mantener en secreto todo lo atinente a mi vida pasada por razones que, como verá adelante, a más de triviales, sólo pertenecen a mi fuero íntimo.
 
A nadie, distinto de su ilustre persona, le contaría yo detalles de mi vida y menos a sabiendas de que van a hacerse públicos a través de un libro bien escrito.
 
Y no es porque me avergüence de mi origen humilde o porque haya cometido actos inconfesables. ¡No! Es sencillamente, porque nadie creería la historia de mi vida y, a más de no creerla, me considerarían -con toda razón-, un mentiroso, un guasón o simplemente un loco de remate.
 
Como no quiero enredarme en rodeos y razonamientos dilatorios, voy al grano, no sin antes prevenirlo para que no vaya a sufrir un desmayo o considerarme un mentiroso sicopático.
 
Y es que yo, estimado biógrafo, yo.... ¡no soy un hombre! Es decir, un humano, soy, ¡llanamente un simio!, sí señor, un simio...., es decir.... ¡un mono!
 
Mi padre fue un mono robusto y mi madre una mona muy hermosa.
 
Como es natural, nací en la selva. No sabría hablarle de alcurnia, pues entre los de mi especie no existen estratos sociales ni concepto de lo tuyo y lo mío, ya que la naturaleza nos cobija a todos por igual, regalándonos con sus prolijos dones.
 
Mi primera infancia la pasé aferrado al lomo de mi madre y gozando de la más absoluta libertad.
 
En busca de alimento, solíamos pasearnos por las más altas copas de los árboles y calmábamos la sed en las agua cristalinas de los arroyos. En los amaneceres nos bañábamos en la luz mortecina de las estrellas y calentábamos nuestros cuerpos entumecidos con los rayos niños del sol naciente. ¡Así pasaron mi primeros días!
 
A medida que fui creciendo, me sentía con la audacia y la fuerza suficientes para valerme por mí mismo, y entonces empezó mi aprendizaje con mi madre como profesora.
 
¡Y qué gran maestra era mi madre!
 
Con élla aprendí a hacer maromas en los árboles mirando al vacío y a comer la fruta en esa misma posición.
 
Los primeros saltos que realicé fueron cortos y previamente calculados por mi maternal maestra. Con élla depuré el arte de hacer cabriolas en el aire y a subir con gran rapidez por los troncos de los árboles.
 
Una de las lecciones que nunca olvidaré, porque me ha sido de gran utilidad en la vida, es aquella que mi madre me repetía una y otra vez hasta el cansancio: "aprende hijo mío, que uno no debe soltarse de una mano hasta no estar bien agarrado con la otra de la rama opuesta, si así no lo hicieres, te irás al suelo y ya sabes: de cuánto más alto te desprendas más fuerte es el golpe!
 
Yo asimilaba muy bien sus lecciones y élla estaba orgullosa de mi precocidad y de la forma rápida como aprehendía sus enseñanzas.
 
Las clases no eran solamente prácticas sino también teóricas. En estos casos, mi madre, asumiendo una actitud filosófica, me decía: "soy una mona adulta y por lo tanto con mucha experiencia. La selva, aunque amable y bella, está, sin embargo, llena de peligros. Tienes que aprender a defenderte de las serpientes, del tigre, de la hiena, del león y otros habitantes salvajes que son nuestros naturales enemigos. Las hormigas, aunque pequeñas, son despreciables y traidoras, ¡no hay enemigo pequeño!".
 
Pero.... sobre todo, tienes que cuidarte de un engendro semejante a un mono, que camina en dos patas, descuaja árboles con sus poderosas garras, achica las fuentes, destruye las cañadas, agosta los valles y ha encerrado el fuego en un tubo mortífero.
 
A este monstruo maldito le temen las fieras más conspicuas de la selva, a su paso tiemblan las praderas y mueren las hierbas porque mata todo lo que pisa.
 
Unos le llaman "hombre", otros le dicen "cazador". A ése ¡húyele, húyele siempre hijo mío!
 
Yo escuchaba aquellas enseñanzas con suma atención porque eran como cuentos de hadas para mis oídos. En mis sueños de simio niño, me imaginaba ser el héroe de una leyenda: vencía al tigre y al león, aplastaba a las culebras más feroces y derrotaba numerosos ejércitos de hormigas y luego de tan claras hazañas soñaba recibir el clamoroso homenaje de una simiesca muchedumbre.
 
Maldito mono de dos patas, maldito monstruo -me decía-, ya llegará el momento en que nos encontremos frente a frente: ¡verás cómo te hago morder el polvo de la selva, te retorceré el gaznate y te haré tragar ese maldito tubo de la muerte!
 
Así, de rama en rama y de sueño en sueño, discurrían los días placenteros de mi existencia.
 
****** 
 
Ahora me alejaba de mi madre. Me iba solo por la selva. Comía la fruta de mi predilección y trataba de apropiarme el arco iris, que en el agua esparcida de una cascada producían los rayos del sol.
 
Entre los árboles que se elevaban en una eminencia del terreno, escogí uno para mi hábitat. Lo consideraba mío, pero lo compartía generosamente con las aves que alegraban la selva con sus cantos.
 
Solía subir a la copa de los árboles y desde la altura contemplar el paisaje que se extendía hasta la línea del horizonte.
 
.... Una línea azul y lejana que circundaba mi campo visual, siempre uniforme, siempre igual en cualquier dirección en que la contemplara. Valiéndome de este medio de observación, ¡descubrí que la tierra es redonda!
 
 
*******
 
Una mañana -cuando más abstraído me hallaba tejiendo el encaje de mis fantasías de niño-, un horroroso estallido retumbó a mis espaldas.
 
Como una centella de fuego zigzagueó en el espacio y cruzó rebotando en los troncos como un trueno sólido cuyo bramido se repetía mil veces en las oquedades de la montaña. En el mismo instante, un dolor indecible me corrió por el cuerpo y como si una mano gigantesca me arrebatara al vacío, me vine al suelo desde aquella altura en medio de una oscuridad tenebrosa. ¡No supe más de mí. Perdí toda noción!
 
******
Ignoro cuánto tiempo permanecí en aquel estado de aletargamiento. Lo cierto es que un amanecer frío y brumoso empecé a recobrar el conocimiento y a medio percatarme de mi dolorosa situación. Mi visión era opaca y lechosa, creí que alguna araña había construido su tela sobre mis pupilas, me froté los ojos con las manos temblorosas y débiles, sacudí la cabeza y respiré profundo con lo cual se me aclaró algo la visión. Entonces levanté los ojos para contemplar el cielo y los verdes ramajes, pero mi vista no fue más allá de un techo pajizo y ahumado que se agazapaba sobre mí como una tapadera ominosa. Entonces quise huir, pero me hallaba atado por la cintura con una fortísima cadena que a su vez se amarraba por el otro extremo a un horcón de la choza.
 
¡Comprendí entonces cuán desgraciado era! Caí en una fuerte depresión nerviosa y en mi inconsciencia volvía a escuchar el estampido del tubo de la muerte y a ver -zigzagueante-, una serpiente de candela en el espacio.
 
Como en un susurro lejano, mi madre me decía: ¡Huye hijo mío del mono de dos patas!
 
Sí -me dije reaccionando un poco-, ese maldito monstruo es mi verdugo, mi opresor. Ha disparado contra mí toda la furia de su tubo maldito. Maldito sea ese monstruo miserable que siega la vida de los inocentes habitantes de la selva y mata todo lo que toca, ¡maldito sea!
 
Yo realmente ignoraba si estaba vivo o si simplemente soñaba la peor pesadilla de mi vida. Me toqué todo el cuerpo para ver si existía y he aquí que al pasarme la mano por la espalda noté -con el más inaudito asombro- que me faltaba la cola. El miserable cazador me la había cercenado justo a ras de la última vértebra espinal y a cambio me había colocado un sinapismo para restañarme la herida. Mi dolor era inenarrable. Mi desesperación fue tan honda que me hundí definitivamente en un soponcio mortal.
 
*******
 
Cuál sería mi sorpresa cuando un día -no sabría decir a qué hora-, vi que un mono de dos patas, distinto del que describía mi madre, se acercaba hacia mí trayendo en las manos un recipiente cristalino dentro del cual había un líquido blanco, y acercándose me susurraba palabras inentendibles pero amistosas según deduje del tono con que la pronunciaba. Tomó suavemente en sus brazos mi cuerpo escurridizo y debilucho, y con ademán maternal me arrimó a la boca el frasco que estaba provisto de una especie de teta. El instinto de conservación hizo que yo tomara aquel líquido blanco que tenía una lejana semejanza con la leche de mi madre.
 
Así empecé a recuperarme.
 
Transcurrido algún tiempo, vine a saber que aquella mona de dos patas era la mujer del temible cazador y que, al contrario de su marido, era bondadosa e inofensiva.
 
Me acariciaba y me mimaba como a un niño. Con maternal cuidado me curó la herida de la cola hasta su completa cicatrización y me liberó de la cadena dejándome suelto y a mis anchas entre las gallinas y los perros.
 
Completamente sano y bien alimentado, se me fue borrando en el cerebro la idea de la selva. Mi madre era ahora como una sombra borrosa en mi memoria.
 
Yo constituía un atractivo curioso para la gente del poblado, todos me acariciaban y me obsequiaban con golosinas y se admiraban de mi inteligencia y de mi aspecto cómico y festivo.
 
Los niños me querían y yo adoraba a los niños.
 
Por un fenómeno que aún no he logrado explicarme me fui transfigurando. Perdí la pelambre de mi cuerpo y la piel rugosa y oscura se fue tornando sonrosada y tersa. Las facciones de mi rostro fueron tomando un aspecto humano y aunque conservo una lejana reminiscencia simiesca, no me acompleja porque no es muy notoria.
Un día -sin darme cuenta- pronuncié una sílaba, después una palabra y al poco tiempo hablaba con la gente como cualquier miembro de su especie.
 
¡Fue un verdadero milagro de metamorfosis!
 
Ya no era un simio sino un muchacho listo y avispado, hijo de Marciana, que así se llamaba la mujer de aquel cazador empedernido de quien se decía que sucumbió en la selva, pues de su última salida cinegética no regresó jamás.
 
Con el tiempo nadie me llamaba "el mono" o "el miquito" sino Marciano, que fue el nombre que me puso el cura del pueblo en la pila del bautismo.
 
En la escuela del lugar hice mis primeras letras y en un colegio de la capital opté el título de bachiller. Después fue la universidad. Me incliné por la carrera de abogado por hallarla más acorde con mis inclinaciones y desde luego con mi astucia y actitudes ancestrales.
 
Con tan amplia cultura y semejantes títulos, la gente empezó a prodigarme admiración y respeto. Llegué a ser el miembro más importante de la comunidad y el único capaz de dirigir sus destinos y resolver sus problemas sociales. Es así como me hicieron concejal, personero, alcalde, juez municipal, diputado a la Asamblea, representante a la Cámara y, finalmente, senador de la República, en una ininterrumpida cadena de ascensos y distinciones.
 
Así fue como de simio clandestino pasé a ser el honorable senador Marciano. El adalid del pueblo, el salvador de la causa, el jefe natural y todas esas arandelas con que nos halaga el pueblo cuando políticamente sabemos manejarlo.
 
Y pasaron los años, y yo fui senador todo el tiempo. ¡Pero los tiempos cambian y lo bueno se acaba!  
 
Lo demás es historia conocida que no necesito repetirle.
Una Asamblea Constituyente cambió todas las reglas de juego y el viejo senado, mejor dicho, los viejos senadores quedamos tendidos en la lona.
 
En las elecciones posteriores a estos hechos, me negué a aceptar postulación alguna. Consideré que ya le había prestado suficientes servicios a mi pueblo y que con lo que había logrado apechugar de los gajes de senador me era suficiente para pasar el resto de mis días.
 
Estos son, grosso modo, los acontecimientos más sobresalientes de mi vida. Dejo a la inteligencia y al brillante estilo literario de mi presunto biógrafo, el acomodarlos y narrarlos en su mejor manera y mientras tengo el gusto de leer mi propia biografía escrita por su pluma maestra, me suscribo su atento servidor.