José Antonio Tolosa Caceres
Historiador, escritor y poeta

CUENTOS DEL TIO LUCIANO

 

LOS CUENTOS DEL TIO LUCIANO (II)
 

                    Una Carta al Cielo
 
¡Había una vez un tipo más pobre que el carajo!
 
Tenía más hijos que una mate plátano, la mujer enjerma y el má chiquito encuajao.
 
Debía el arriendo, la luz y el agua, y pa colmo e vainas, andaba sin trabajo. ¡Taba como quen dice, en la mismita olla!
 
Era diciembre.
 
Entonces resolvió escrebile al Niño Dios una carta pa ver si por ese modo podía salirse del atolladero. Agarró papel y pluma y aquí ta lo escribió:
 
"Señor don Jesucristo
El Cielo
 
Después de saludalo paso a decile lo siguiente:
 
¡Desde hace más de un año me topo en una situación que ni pa las meras risas! El padre Juvenal dice que vos todo lo ves, todo lo sabés y remedeas.
 
A yo tal vez no me habés visto por vivir puallá por los rincones más apartaos a donde quizá no alcanza tu mirada. Contate toda mi historia de penurias y necesidades sería largo pa escribilo y por eso me limito a decite que toy lo que se dice jodío.
Te injormo sí que, hechas las cuentas de lo que debo más lo necesario pa comprale las melecinas a la patrona y pagale a ña Gabriela los sobijos que le ha dao al cubo, me salen mil pesos completicos.
 
Yo no te digo mentiras, pues sé queso es pecao.
 
Te mando esta cartica pa ver si vos tas en condiciones de socorrerme y sacame de estos apuros. Si me haces ese javor, Dios sabrá recompensate. Pa que no se vaya a estraviar el giro aquí te anoto mi nombre y dirección: Anacleto Sinpaniagua, barrio La Chichonera No. 32."
 
Puso la cartica al correo.
 
Al momento de clasificar las cartas pa mandarlas cada una a su destino, el empleado se topó la de Anacleto y se puso to turulato, pues al cielo no mandaba cartas naide y era la primera vez que llegaba una con esa dirección.
 
Antonces, resolvió consultarle al jefe. Este quera güena persona y muy condolío, apenas la vido, se imaginó queso era obra de alguno muy necesitao y muy creyente, dijo:
 
- Abramos el sobre pa enterarnos de ques lo que quiere.
 
¡Y dicho y hecho! Leyeron la carta. Antonces güelvió a decir el jefe:
 
- No podemos permitir que este hombre pierda su güena fe. Hagamos una vaca y mandémole una platica pa que vaya tirando mientras consigue trabajo. No hay que dejar que pierda sus creyencias.
 
Ahí pusieron de a como pudieron y entre todos lograron reunile seiscientos pesos. Los metieron en un sobre y los mandaron a la casa.
 
Anacleto recibió el sobre todo azorao y almirao de la rapidez del correo y no había güeltiao la espalda el mensajero cuando ya Anacleto se había abalanzao a romper el sobre pa enterarse.
 
Y sí, se topó los 600 pesos que contó y recontó pa cerciorarse si era que taba equivocao, pues él creía que don Jesucristo, que lo había atendío tan ligerito, no podía dejar de mandale completico lo solitao. Pero no, nuabía sinueso, ¡seiscientos pesos!
 
Antonces güelvió a agarrar papel y pluma y escribió otra carta con las mesmas señas de la anterior y volandito la llevó al correo.
 
El empleao que la ve y ahí mesmo que se la lleva al jefe. Se arremolinaron todos deseosos de saber la respuesta. El jefe rasgó el sobre, desdobló el papel y esto fue lo que leyó en voz alta:
 
"Señor don Jesucristo
El Cielo  
 
 
Endespués de saludalo, paso a decile lo siguiente:
 
Recebí su carta tres días después de habele yo mandao la mía. Toy almirao de la rapidez del correo. Yo no creía quel cielo quedara tan cerquita. Tampoco creía que vusté juera tan jaque pa contestale a los pobres.
 
Toy seguro que vusté me mandó los mil pesos completos, pero en el sobre solamente vinieron 600. La prósima vez mande los giros certijicaos, ¡porque le juro por ésta que esos jijunagranpuercas juncionarios del correo se tragaron los otros 400!
De todos modos Dios lo ampare y lo javorezca y le aumente sus centavitos.
 
Anacleto Sinpaniagua"