José Antonio Tolosa Caceres
Historiador, escritor y poeta

Discurso Apertura XVI de Escritores Colombo-Venezolano 2008



Palabras de Isaías Medina López en el XVI ENCUENTRO DE ESCRITORES COLOMBO-VENEZOLANOS
San José de Cúcuta, del 31 de julio al 3 de agosto de 2008.
        
         Quiero comenzar estas palabras, dando público agradecimiento a los directivos de la Asociación de Escritores del Norte de Santander y a los de la Asociación de Escritores del Estado Táchira, por concederme el inesperado honor de dirigirme ante tan selecto auditorio. Además del reconocimiento obligado por sus méritos como organizadores de este gran evento y el de los otros que les han precedido. 
         Bajo la premisa del muy multisémico término “encuentro” desde hoy, la Ciudad de los Almendros, nos vuelve a brindar su cálido abrazo fraternal. Es significativo para los que ya hemos tenido la experiencia de vivir estas jornadas, particularmente en mi caso desde mediados de los años noventa, admirar la constante reconfiguración de agendas y de rostros que hacen de cada convocatoria una hermosa incógnita. Huelga decir que entre Venezuela y Colombia no hay fronteras, cuando mucho,  puestos fronterizos donde los cuerpos de vigilantes controlan carreteras, no nuestros pensamientos y mucho menos nuestro sentir hermanitario. 
         La acepción de Encuentro, para la mayoría de los académicos se traduce como la: “Reunión de expertos de alguna materia con el fin de intercambiar opiniones y experiencias”, en este caso, agregaríamos la pertinencia de la amistad, pues sin ella, el flujo de razonamientos que se esgriman entre esos expertos se acercarían a otra acepción de encuentro sumamente peligrosa: la confrontación. Es decir, cuando dos rivales se topan para imponerse al otro. En tal sentido, en un encuentro de escritores, es imperioso colocar en la misma sintonía la cabeza y el corazón; la sapiencia y el alma. La inteligencia y la fantasía.
         Luego, tampoco bastaría que diez o cien escritores concilien una cita para fraternizar mientras intercambian sus recientes  “encuentros” con la palabra. Haría falta allí el elemento social, el conglomerado de las personas motivadas por hacerse del conocimiento y el placer de convivir entre los forjadores de la estética  verbal. 
         Con mucho tino se ha señalado que el oficio del escritor parte de circunstancias creadas por la soledad, pero aún exhausto como cualquier otro solitario del planeta, el escritor debe recordar siempre que es un agente solidario de la sociedad. Somos criaturas idiomáticas, inmersos en un enorme cuerpo social cuya herramienta de base está muy lejos de los conocidos fracasos de la ciencia, la política o la economía: radica su esencia en la palabra, el poder que todo lo une y lo posibilita. Es la sociedad la que nos da el instrumento principal de nuestro oficio: el idioma y su potencialidad para trasmitir nuestras ideas, por lo tanto, ella encarna el destino hacia donde llegarán nuestros mensajes. A su vez, la soledad no es nuestra enemiga, podríamos asumirla como un bulto monumental ubicado en el sendero, y que nos dará la disyuntiva de escalarlo para vislumbrar el universo alrededor o resbalar bajo su sombra y esperar hasta que su peso nos derrote. 
         El escritor debe, además, posibilitar otro encuentro necesario: el de la sociedad con lo espiritual y lo entrañable humano, lo que ha de convertirla en esa escala mítica que se ha denominado la humanidad.: La familia de los hombres dedicados a luchar por la paz, la igualdad y el sagrado bienestar de aquellos que habrán de sucedernos. El hombre una vez convertido en humano alcanzará su paso más trascendente, ser hermano de toda la humanidad.   
         Este deseo que es parte de mi ética como escritor, conlleva a entender la literatura como una cohesión de ideas fantásticas que producen el placer de sueños esplendorosos. Sólo el que sueña es capaz de cambiar la realidad no deseada en un mañana posible. Hasta el escritor más abatido requiere de un mínimo de esperanza para producir  frases digna de considerarse. El gran poeta griego Odysseus Elitis, ante el acoso de la expiración apuntó: “Escribo para que la muerte no tenga la última palabra”. 
         Para fortuna de nuestras letras los encuentros de escritores de Colombia y Venezuela, han tenido siempre la calidad de la calidez. En una sostenida estrategia afectiva cada edición nos colma de sorpresas sabias. Para quien disfrute del ejercicio de la oratoria, la mesa está permanentemente servida, igual para aquellos que anhelan las disertaciones de la teoría y la crítica, la misteriosa novedad de la narrativa. La fuente de la poesía son muchas las veces que se ha derramado y hasta quienes degustan un buen rato de bohemia alcanzan la plenitud. 
         Se ha dado prioridad a la discusión de temas notorios: en los noventa fue la polémica de la gremialidad y los medios electrónicos – conjugada con el pago de los derechos de autor, lideradas por el poeta Pablo Mora. En lo que va de siglo, las polémicas claves se da en conseguir formas genuinas de publicación de las obras de los autores inéditos, bien sean estos jóvenes o algo mayores de edad, en los que participaron el colectivo Nadie nos edita y la revista Sujeto Almado
         Un eje transversal, de las conferencias y ponencias de pasillo, o corrillos,  es el de la  protección social del escritor y la de su familia. Asignatura pendiente, a discutir con firmeza en estos eventos, en este punto quiero sumar mi modesta contribución a las calificadas voces e inquietudes de Antonio Mora, Luis Saúl Vargas Delgado, Jorge Cuellar Rojas y Alexander Moncada, a quienes por más de diez años escucho hablar sobre este espinoso tema.
         No es un secreto que las distintas instancias gubernamentales y algunas empresas destinan recursos al sostenimiento de la estructura literaria en ambos países, pero, tampoco resulta sorpresivo señalar que vivir, exclusivamente, de la literatura es sólo una esperanza en dos naciones con doscientos años de vida republicana independiente. Se innovan técnicas de difusión que mejoran la tarea del lector, se producen cada vez más y mejores ediciones en beneficio de las obras literarias, entonces ya es hora de mejorar también las condiciones de vida del escritor, pues sin él la ecuación humana de la literatura estará incompleta. 
         Otro tema a enfocar fue propuesto tiempo atrás por Xiomara Rojas y hace dos años por Ana Mercedes Vivas, María Schwuarzemberg y Ulrike Sánchez: el de los condicionantes y logros de las escritoras colombo-venezolanas. Que nos deparará una re-visión sobre una temática perpetuamente  inagotable.
         Al hablar de esperanzas y sueños es justo referir la amplia territorialidad que se han propuesto abarcar los organizadores de estos encuentros. En escuelas, liceos y universidades;  en bibliotecas, salones de conferencias y museos; en diarios, emisoras radiales y televisivas, los escritores han conducido la integración entre el lector y la obra. Se pasó del encuentro celebrado, casi con temor en “La Casa Sindical del Táchira” en 1993, a osadas relaciones con empresas e instituciones de las dos patrias. 
         Esa expectativa tiende una geografía de la fe en la palabra más allá de las dos grandes metrópolis del evento, San Cristóbal y San José de Cúcuta. Entre ellas, cabría mencionar las localidades de Pamplona, La Villa del Rosario, Los Patios, San José de Colón, La Grita  y Peribeca, de muy gratos recuerdos. Luego, están las ciudades de Barinas y Pedraza en el estado Barinas, y San Carlos en el estado Cojedes, urbes del Llano venezolano en las que la distancia no fue frontera ni obstáculo para el encuentro.
         Otra ilusión materializada es la realización del Coloquio Internacional de la Palabra y la interrelación con la Feria Internacional del Libro de Cúcuta. Esta apertura de espacios ha incidido en que muchas personas hayan cambiado su actitud frente al escritor y luego hacia su obra; para dejar a un lado el concepto del creador literario visto solamente como un producto aislado, sin vinculación social quien solitario en su  cuarto y al amparo de algún estimulante espera la llegada de la musas, haciendo de su vida un sinónimo de desperdicio. Como llegó a decir en alguna ocasión un directivo gremial universitario de Venezuela al referirse con saña al gran escritor Ángel Eduardo Acevedo; “Un hombre que hasta poeta es”.  
         Al contrario, el sabio prehispánico Nezahualcoyotl de Texcoco, plasmó esta sentencia: “El poeta es el hombre más importante de su pueblo, porque debe hablar con las palabras del corazón”. El placer de recordar las glorias del pasado sólo se justifica si mantenemos la fe en un futuro de mayores venturas. Como escritores del presente nuestro compromiso es lograr un encuentro con la esperanza. 
         Aprovechando el estribo de la palabra corazón, y como punto final de estas palabras voy a referirme al maestro José Tolosa Cáceres, el recientemente fallecido Secretario Perpetuo y Tesorero de la Academia de Historia del Norte de Santander. Poeta, historiador, maestro. Bendecido por sus largos años de vida, agraciado por la noble descendencia que deja, y con múltiples medallas, reconocimientos y testimonios de afecto en su haber, Tolosita, nos brindaba de manera recurrente la apreciada chispa criolla del escritor Latinoamericano. Ese dulce saber y sabor de la palabra que hace levantar las cejas de felicidad. Que lo hiciera confundir con un duende mágico de nuestros campos, esos seres de pequeña estatura que aparecen de súbito con alguna travesura liviana e inolvidable. 
         El detalle pudiese parecer exclusivamente anecdótico, sin embargo es más trascendente. Es el caso muy curioso del escritor que se vuelve un personaje literario, pasa de ser carne y hueso a palabra pura, a ficción, a mito nuestro. El personaje del duende, como cosa magnifica, tenía otro desdoblamiento híbrido en Tolosa. Por un lado, conjugaba el lazarillo que guía por la voz y el del hidalgo incapaz de una mala acción. Tratemos de explicarlo así: Cuando un recién  llegado a estos encuentros se veía desorientado, bien sobre la organización del evento, bien sobre la ciudad,  Tolosa, con el sigilo del cazador que se desplaza seguro en su terreno, se aprestaba, sin que se le solicitara  a  llevarlo a donde fuese. En el trayecto de ida, en la estadía y en el retorno de lo que durara aquella conducción, Tolosa iba salpicando al “recién encontrado” sobre historias del señorío de Colombia o de Venezuela, dos terrenos que cabían de sobra en sus pequeñas manos. Más importante aún, explicaba el lado vivencial de sus personas. Añadiéndole a cada palabra, eso que llaman en mi adorada tierra llanera: “Don de Gente”. 

         Sin duda, era un personaje de leyendas, apropiado para fabular narraciones. Un personaje propio de estas jornadas. Un reflejo que nos recuerda que debemos compartir lo que sabemos con calidez y amistad.     

         Viene a mi memoria una de sus ocurrencias. En este caso, una travesura de duende que convirtió el agrado de unas copas, en algo placentero de recordar. Durante la sexta edición de este Encuentro, efectuada en 1998, en el Hotel Casino, el maestro Tolosa nos retó en tertulia a un “Torneo Binacional de Adivinanzas”, él por Colombia contra cinco venezolanos: Alexander Moncada; Avilmark Franco; José Daniel Suárez; Arnulfo Quintero López y yo. Obviamente, superado en número, Tolosa apela a su experiencia y nos vence al interrogarnos a cada uno mediante una copla, como es tradicional, pero, respondiéndonos también, en cuartetas, recurso que desconocíamos. Como no pudimos con él de manera individual, Avilmark Franco propuso que formulara una pregunta a todos a la vez. Ésta fue la interrogante, que años después la reconstruyera para mí de su puño y letra: 

Óigame usted, compañero
yo le vengo a preguntar
cómo pariendo la Virgen
doncella pudo quedar”.,
         Al ver que pasaba el tiempo y que no sabíamos la respuesta, pues apenas podíamos sonreír, nos respondió así;
“Óigame usted, compañero
yo le voy a contestar:
tire una piedra en el agua
viene a abrir, vuelve a cerrar
y así pariendo la Virgen
doncella pudo quedar”.
         Cierro esta intervención con un poema de Tolosa que me ayudó a fraguar este discurso y cuyo tema, por supuesto es la esperanza que colma la existencia del escritor: 
“Si yo pudiera traducir en palabras
los sueños con que sueño
si yo pudiera transportar al lienzo
los hermosos colores de mis sueños
Si yo pudiera interpretar la música
que suena en mis adentros
si yo pudiera, estoy seguro,
transformaría el mundo”.
 
         Amigas y amigos, gracias por su atención.