José Antonio Tolosa Caceres
Historiador, escritor y poeta

LA CANCION DEL CAMINO



 

La Canción del Camino
                        A Jaime Pérez López
 
I
En el principio fui un rasguño apenas,
una huella de sierpe sobre mi piel de barro,
una herida de zarpa detenida en mi carne,
un sueño de horizontes y de soles fugaces.
 
Antes de este presente y de esta hora,
sobre mi superficie de hojas y de abrojos
caminaron las bestias de los montes:
alimañas felinas, arañas venenosas
y alacranes gigantes de letales ponzoñas.
 
La planta del indígena sobre mi barro blando
marcó su huella y alargó mi destino;
con él fui caminando por breñas y barrancos,
ascendí a las montañas y bajé a los abismos;
siempre como un guerrero conquistando distancias!
 
Soy el camino que camina
con su duro bagaje de leyendas,
de gritos jubilosos
y alaridos salvajes;
de espantos milenarios,
de brujas, de fantasmas,
de amores esteparios
y tumbas miserables.
 
Sobre mi ruta primigenia,
sobre mi barro inmaculado
pasaron muchas lluvias y veranos
y el viento con su flauta
acaricio mis hondos y próvidos letargos.
 
Fui muy rico en aromas y paisajes,
el Tiempo inmensurable
iba marcando en mí la huella de su paso;
el Indio prolongaba mi distancia,
venciendo ríos y talando montes
y yo, como un coloso, caminé largamente
con mi carcaj de flechas silenciosas
conquistando horizontes.
 
II
 
Un día inesperado llegaron unos monstruos
de celeste apariencia, con cabezas ferradas,
acodados a fuertes e indómitos corceles
de belfos espumantes y ollares ofuscados;
 
abrieron una trilla sobre mi carne pura
y al paso presuroso de sus fuertes caballos
me fueron alargando por riscos y peñascos
por escabrosas cuestas y oscuras hondonadas.
 
¡Oro! Decían los hombres de yelmos acerados.
de fuertes lanzas bélicas y cortantes espadas;
¡Oro! Repetía el eco por la selva abismada
Y la tierra ofrecía oro de sus entrañas.
 
Era una sed inmensa de oro
la sed que atosigaba
las exhaustas gargantas de aquellos invasores.
Una sed milenaria por siglos estancada
Entre mórbidos sueños
y ruines y ambiciones.
 
El oro estaba aquí regado como arena en los arroyos
en las orillas plácidas de las claras quebradas,
dorado por los rayos de la aurora,
dormido en el silencio de las constelaciones.
 
El indio apenas lo quería
para los ritos de sus dioses,
para sus pectorales,
para sus narigueras
y para que sus indias amorosas
adornaran su cuello y sus orejas.
 
Era un metal amable simplemente.
en copas y fetiches el indio lo guardaba
como presea divina
en sus templos de guadua.
 
Y los hombres de yelmos emplumados
saquearon los tesoros, profanaron los templos,
robaron el oro y en el Ara de los Sacrificios
príncipes y princesas fueron sacrificados.
 
III
 
Soy el camino que camina
transido de recuerdos y nostalgias.
El camino que guarda en la memoria
tan bélicas y rústicas hazañas.
 
Nunca la sed de oro
del indómito ibero fue saciada.
Y la pródiga tierra fue entregando
el oro que moraba en sus entrañas.
 
A mi vera fueron naciendo otros caminos,
fueron creciendo pueblos de jornada en jornada;
y al abrigo de rústicos mesones
surgieron las iglesias
sobre las amplias plazas,
con sus torres erectas de cantos cincelados,
arcos de medio punto y espadaña.
 
En su nicho de piedra, la campana
marcaba los horarios.
Hubo Alcaldes pedáneos
y Curas doctrineros,
Alguaciles de regias vestiduras,
hermosísimas damas de fina aristocracia
y esclarecidos nobles
de bellidos chambergos
y como centinelas en las nocturnas sombras
alzaban su silueta
los altos campanarios.
 
En la voz de los bronces, los horarios
 los acontecimientos:
 
Al alba, la campana exhalaba su oración matutina,
al medio día, sutiles letanías
y al ángelus cantaba la eternidad del tiempo.
 
Después de la conquista destructora,
La Colonia fue amable y constructiva.
Ricos encomenderos en palacios dorados
lucían áureos collares
de esmeraldas de Muzo,
comían en vajillas de oro cincelado
las papas paramunas y el pan de trigo rubio.
 
Sobre mi superficie viajaban las carretas
tiradas por los troncos de nerviosos caballos,
con aurigas barbados como claros profetas
fugados de algún libro de angelicales salmos.
 
El tiempo inmensurable pasaba silencioso,
en la penumbra undívaga de los altos conventos
los monjes traducían antiguos documentos
que hablaban de la vida de Cristo y sus milagros.
 
El Virrey era sabio y la Virreina bella,
los Magistrados probos, los Sacerdotes santos,
nobles los cortesanos, valientes los soldados
y justos los edictos de la Real Audiencia.
 
IV
 
Pero un fermento heroico corría por las venas
de los que habían leído los libros libertarios,
los que no toleraban la esclavitud del indio, el negro o el mulato
ni la altanera traza de los grandes hidalgos.
 
En el Socorro, un día, Manuela Beltrán
-          la vivandera del mercado-
rompió el edicto alcabalero;
y con voz estentórea y altanera
signó en el tiempo y en la historia
su consigna de guerra:
“Que viva el Rey y muera el mal Gobierno”.
 
José Antonio Galán su bizarría
Paseó por los caminos de la patria,
su bandera marcaba derroteros de libertad
y su verbo huracanado iba sembrando
el terror en la profunda cobardía
de los gobernantes ilustrados y déspotas.
 
El sol de la Victoria alumbraba el sendero
de las huestes altivas, soñadoras y crédulas
una estrella de gloria fulguraba en el cielo
augurando la próxima libertad de la América.
 
Por las tierras heladas y las tierras ardientes,
por los senderos y por los atajos,
por los hondos cañones y vertientes abruptas
el pliego de las Capitulaciones
vuela en alas del viento.
 
Y cunde la alegría en los hijos del pueblo.
Cantan a gloria las campanas de los templos,
su voz de bronce grita un himno libertario
y el pueblo sueña un Nuevo Reino de Granada
con Rey severo, justo y bueno.
 
No más estancos del tabaco,
no más contribución de Barlovento,
no más impuesto a las barajas
y que el papel sellado rebaje su alto precio.
Y que el señor Gutiérrez de Piñeres
¡se vaya con su música a otra parte!
y el pueblo grita enardecido su consigna de guerra:
“Que viva el Rey y muera el mal Gobierno”
El señor obispo acepta el reto
simula estar de acuerdo con todo lo exigido
y en sus adentros piensa: ¡Este maldito pueblo
debe ser extinguido!
 
Después fue la catástrofe, la traición, la miseria.
 
Aun me parece ver, acá en mi orilla,
Incrustado en la pica del escarnio
el noble rostro de Galán. El adalid, el héroe
que le ofrendo a la libertad su vida.
 
Esos ojos comidos por aves de rapiña
esa faz dolorida, esa macabra risa
son un grito perenne de ¡Libertad y Justicia¡
 
¡Soy el camino que camina
transido de nostalgias y recuerdos!
 
Pero el fermento de la Libertad
no muere. Morirán los héroes y heroínas
morirán los soldados abatidos por la tiranía,
pero las ideas permanecerán bajo el rescoldo 
como brazas ardientes prontas a inflamarse
en llamas devoradoras…
 
La rosa de la Libertad
se abrirá a los cuatro puntos cardinales
y en cada uno de sus pétalos
alumbrará una lámpara votiva
cuya luz vivífica
iluminará las sombras de la Patria.
 
Sólo treinta años han pasado
y el rostro martirizado de Galán
irradia como un sol en la penumbra
anunciando la aurora de la Libertad.
 
¡Viva Colombia! y abajo los tiranos…! 
 
Es el 20 de julio de 1810,
la Libertad despliega sus banderas
signando sus designio en la luz
y en esa hora de portentos,
la humanidad entera,
recuerda las palabras del que murió en la cruz.
 
¡Soy el camino que camina
transido de nostalgias y recuerdos!
 
V
 
El hombre es cosa vana variable y ondeante,
lo dijo algún filósofo o poeta,
el hombre es como yo, -como el camino-
con alturas gloriosas y horrísonos abismos.
 
Por mi carne cruzaron ínclitos guerreros
que escribieron con sangre la dulce Libertad.
Después vinieron otros, torpes y chocarreros
que en los surcos de gloria
de los hechos proceros
sólo sembraron odio, miseria y orfandad.
 
VI
 
El tiempo fue pasando… yo, el camino,
me seguí prolongando por dumas y desiertos
fui engarzando ciudades, comunicando pueblos
 
extendiendo cultura, generando progreso…
Aun guardan mis arenas aromas de cacao,
y de añiles se tiñen mis orillas feraces
efluvios de cafetos y tabaco manan mis campos verdes
y los trigales rubios ondean en mis páramos.
Largas recuas de mulas con sus cascos ferrados
dejaron cicatrices en mis carnes de barro
y aun siento su fatiga, su dolor, su cansancio
correr por mis entrañas como un dardo.
 
El grito del arriero y el eco de su látigo
inclemente fustiga las ancas del silencio
y deja la constancia de su estallido claro
como una centella en las alas del viento…
 
¡Soy el camino que camina
transido de nostalgias y recuerdos!
 
VII
 
Un día fui sorprendido por un monstruo de acero
largo como un gusano, como la noche negro,
capaz de alzar la carga de cien recuas de mulas
y recorrer distancias como el eco de un trueno.
Era el Ferrocarril,
el signo del progreso,
de la industria del hombre
y su comercio.
 
Aquí empezó mi decadencia
mi destino se hizo cada vez más negro
y el olvido me fue colmando de silencio.
Muchos de mis senderos se acabaron,
muchos de mis brazos se murieron
 
muchos de mis atajos fenecieron
y yo empecé a morir de inercia y de descuido.
 
Los altos campanarios en las plazas
ya no marcaban los horarios
y el cura bonachón ya no leía
su libro de horas
en el atrio..
¡Era el progreso..!
 
Después las carreteras y los carros
el polvo del camino se hizo tóxico
y el hombre abrió caminos en el cielo
y túneles inmensos en la capa de ozono
que van marcando lentos el destino del mundo   
    en aras del progreso.
 
Soy el camino,
me quedé relegado al abandono y al olvido,
con mi cauda de sueños y recuerdos,
con las heridas que me hicieron
os cascos de las mulas
y las ruedas ferradas
de las bellas carrozas
que surcaron veloces
mis distancias…
 
Cuantas bellas mujeres,
cuántos altos soldados,
cuántos ínclitos héroes,
cuántos recuerdos guardo…
 
¡Soy el camino que agoniza
transido de nostalgias y de olvido!