José Antonio Tolosa Caceres
Historiador, escritor y poeta

SU ULTIMA CONFERENCIA


 

TRASCENDENCIA HISTORICA DE LA BATALLA DE 
CU­CUTA, FEBRERO 28 DE 1813
 
Por José Antonio Tolosa Cáceres
 
 
Hacía el mes de noviembre de 1812 el panorama político, militar y económico de la Nueva Granada y Venezuela era sencillamente caótico.
 
La Nueva Granada se hallaba sumida en las cruentas lu­chas fraticidas entre “Centralistas” y “Federalistas”, hasta cuando Nariño obtiene una resonante victoria en el sitio de Ventaquemada el 23 de diciembre.
 
Venezuela, después de la derrota de Puerto Cabello, la ca­pitulación de Miranda y el exilio de Bolívar, estaba sobre­cogida de angustia en las manos oprobiosas de Monte­verde; en el norte de la Nueva Granada, el Estado Sobe­rano de Cartagena, seguía sosteniendo precariamente su lucha contra los españoles, ya que las extensas Sabanas, el Sinú y Santa Marta estaban en poder de los realistas y sólo, al sureste, Mompós sostenía el ideal de la indepen­dencia a pesar de hallarse completamente aislado.
 
Como puede deducirse, los patriotas no podían presentar el más mínimo esquema de organización militar, pues los que luchaban por la libertad no pasaban de ser grupos medio armados, indisciplinados, sin ninguna instrucción militar y, por ende, ineptos para enfrentar las tropas españolas vete­ranas de tantas acciones guerreras en Europa; y si a esto se suman las desavenencias, las inquinas personales y la falta de visión global de la situación americana, habremos completado el cuadro desolador que a la sazón afrontaban los patriotas granadinos.
 
Bolívar, entre tanto, desfallecía de indecisión y de angustia en su exilio de Curazao. Tenia dos alternativas: la molicie y placeres de Paris o el sacrificio y gloria por la libertad de América.
 
Su espíritu errabundo y aventurero lo indujo a decidirse por la libertad de la patria como correspondía a la grandeza de su alma y a la extensión inmensa de su anhelo de gloria. Y es a Cartagena hacia donde se dirige el visionario. Rodrí­guez Torices lo acoge cordialmente y respetando su grado militar de Coronel, lo asigna al cargo de Inspector de Mili­cias y posteriormente al de Comandante del puesto de Ba­rrancas, hoy Calamar. Es así como Bolívar inicia la Cam­paña del Bajo Magdalena, en una acción bélica sin prece­dentes, que limpia de chapetones la extensión del Río y pueblos aledaños, desde TENERIFE hasta Puerto Nacio­nal, hoy Gamarra, abriendo por este modo la brecha de la libertad de Venezuela. Con estas acciones militares, Bolí­var demostró su genio guerrero y se manifestó como un estratega singular, por cuanto su idea era la sorpresa pues aspiraba llegar a Caracas por la ruta de Santa Marta y si­multáneamente, al mismo destino por la ruta de Cúcuta, para exterminar al enemigo ubicado dentro del perímetro del inmenso nudo geográfico-estratégico que le inspiraba su genio.
 
A estos hechos iniciales de la que más tarde se denomina­ría “Campaña Admirable”, no se les ha dado la importancia histórica que ellos merecen, pues es aquí donde el futuro Libertador de cinco naciones inicia su meteórica carrera hacía la gloria.
 
¿Qué persigue Bolívar al despejar el Río Magdalena de la dominación española? No otra cosa que unir a la Nueva Granada como conglomerado social y económico logrando que este enlace entre la Costa Caribe y el centro del país posibilitara darle apoyo, como lo hizo, en su esfuerzo de liberación de Venezuela a través de la Cordillera. Nueva Granada quedaba así como su gran depósito logístico y de apoyo humano para engrosar su incipiente esfuerzo.
En Gamarra inicia el ascenso de la cordillera y en Ocaña mientras reposa sus tremendas fatigas, admira el paisaje y ama a las bellas mujeres que son ornato de su raza, sueña sueños de libertad y de grandeza y sobre todo sueña una patria grande, libre, próspera y amable para todos. El te­rreno surcado está libre de enemigos, la bandera de la li­bertad flamea en Zispata y Mancomojan, en las grandes sabanas. Y son libres también Sitio Nuevo, Platanal, Guái­maro, Cerro de San Antonio y Tenerife. Guamal, El Banco, Chiriguaná, Tamalameque y Puerto Nacional, también son pueblos libertados por la espada del héroe, por la luz de su genio.
 
Y Ocaña lo cobija de amor y de grandeza. Lo corona de lauros, y lo exalta a la categoría de los semidioses de la mítica Grecia.
 
Bolívar desafía ahora los abruptos caminos de la cordillera andina.
 
La vence y bajando a los valles de Salazar, emprende el camino de Cúcuta. Bolívar como Alejandro, estaba domi­nado por la categoría del espacio, pero no del espacio en si mismo, a la manera de Atila o Gengis Kan, de Tamerlán o de Filipo, sino del espacio organizado, del suelo convertido en política, del barro transformado en nacionalidad. Y llega a Cúcuta… 
 
Aquel 28 de febrero de 1813, era domingo…
La muy noble y leal Villa de San José de Cúcuta se hallaba en el paroxismo del jolgorio carnestoléndico. El pueblo se divertía a pesar de las cadenas que lo agobiaban.
 
Dos días antes, - 26 de febrero – llegaron de Pamplona los Capitanes Lino Ramírez y Félix Uzcátegui, así como el Te­niente José Concha, comandando 125 hombres que como refuerzos enviaba el Coronel Manuel del Castillo. Con este contingente, Bolívar completó quinientos hombres con los que enfrentó un número igual al mando del General realista don Ramón Correa en las occidentales colinas de Cúcuta.
 
Esta batalla memorable empezó a las nueve de la mañana de ese domingo, en el sitio que la posteridad ha consa­grado con el hermoso nombre de LOMA DE BOLÍVAR y terminó a la una de la tarde después de cuatro horas de fuego cruzado e intenso, en que la fortuna parecía incli­narse a favor de las fuerzas realistas, lo que obligó a Bolí­var a ordenar una carga a la bayoneta calada, produciendo el pánico y la consiguiente derrota en las filas españolas, que al ser perseguidas por las fuerzas patriotas huyeron despavoridas y desordenadamente por las vías de San Antonio y Ureña. Los restos de los derrotados fueron reco­gidos por el General Correa y conducidos a la ciudad de la Grita bien adentro de Venezuela.
 
En el campo de batalla quedaron tendidos veinte soldados y cuarenta heridos españoles. Entre los patriotas sólo se registraron dos muertos y doce heridos, entre ellos el Coro­nel José Concha, pundonoroso militar oriundo de Villa del Rosario.
 
En la descripción de esta batalla memoriosa no se puede pasar por alto la actitud patriótica de EUGENIO SOSA, un joven hijo del pueblo cucuteño, que al percatarse de que las tropas revolucionarias achantadas por la canícula y agobiadas por la sed, desfallecían en la batalla, hizo con la premura y diligencia propias de su juventud, un largo reco­rrido para proveerlas de agua con lo cual las tropas reac­cionaron y alcanzaron el triunfo.
 
Abro aquí un breve paréntesis para decir que la ciudad de Cúcuta, sus altos dirigentes y funcionarios, así como la Academia de Historia de Norte de Santander, están en mora con ese previsivo joven de rendirle el tributo que ganó con creces en esa memorable jornada de nuestra indepen­dencia. 

Si bien es cierto que la batalla de Cúcuta no reúne las con­diciones fragorosas de las grandes batallas de la Historia, su ocurrencia, sin embargo, fue de gran importancia para la independencia, pues al constituirse en la primera gran vic­toria de Bolívar permitió que Cúcuta se convirtiera en la puerta ancha y generosa por donde entró a torrentes la li­bertad de América.
 
Ahora bien, escuchados algunos pormenores sobre la batalla de Cúcuta, esbozaremos dos rasgos del carácter sin igual de Bolívar:
 
Por una breve novela del escritor carmelitano don Enrique Pardo Farelo más conocido por su seudónimo de LUIS TABLANCA, se sabe que cuando Bolívar llegó a Cartagena en 1812, don José María del Castillo y Rada no sólo lo ratifico en su titulo de Coronel si no que lo asigno a las tropas del Río Magdalena a órdenes del francés Coronel Labatut que a la sazón custodiaba aquella región.- Cuenta Luís Tablanca que en Tenerife residía desde tiempo atrás una familia francesa compuesta por el padre, la madres y una hija de 17 a 18 años de gran belleza y donaire, a la cual Labatut pretendía con no santas intensiones. Bolívar se percató de inmediato de ello así como de que él era infinitamente superior al franchute tanto en lo militar como en lo intelectual y amatorio. Como Bolívar era un joven de escasos treinta años, educado, viajado por Europa, atractivo por sus finas maneras y su exquisito don de gentes, la francesita se prendó de él con gran ahínco, lo cual despertó en el jefazo la envidia y los celos, dos pasiones aniquiladoras  de la personalidad. 

En una ocasión, los dos franceses viajaron a Cartagena para proveerse de mercaderías para el surtido de su tienda en Tenerife y el señor Labatut quiso aprovechar la oportunidad para violar a la bella francesita. Cuenta Luís Tablanca que en una noche de tormenta, de esas tenebrosas tormentas que suelen ocurrir en el Río Magdalena, el francés se dirigió subrepticia y maliciosamente a la residencia de la linda y solitaria muchacha con el propósito de conquistarla por las malas ya que por las buenas no era posible. Bolívar que estaba al acecho lo sorprendió y le propinó a su jefe espurio la más soberana paliza a punta de plan de sable o “machete” como decimos por acá. Luego comprendiendo Bolívar lo grave de su alocada acción, arengó a las pocas tropas que militaban bajo las órdenes de Labatut y convenciéndolas, se apoderaron de los champanes, las pocas armas disponibles y alguna provisiones de boca y empezaron la huida río arriba, atacando todo lo que oliera a “chapetón” y arrasando con bienes y sembrados costeros hasta llegar a Chiriguaná de donde regresaron a Mompós. Allí fueron recibidos con gran beneplácito. 

Así se inicio la campaña del Bajo Magdalena; siguieron ascendiendo hasta el Puerto Nacional, hoy Gamarra y de allí a Ocaña donde fueron objeto de los más calidos elogios y promesas de apoyo. Bolívar aprovechó la oportunidad para tener sus primeros contactos sociales con la mayor de las Ibáñez. Regresó a Mompós para reforzar sus tropas con 200 soldados y abundantes provisiones que le proporcionó el coronel Pantaleón Germán de Ribón, volvió a Ocaña y emprendió la jornada victoriosa que todos conocemos, hasta llegar a Cúcuta.
 
Retrocedamos un instante para decir cómo nos cuenta Luís Tablanca que fue el final de aquella hermosa francesita que amó a Bolívar con todas las potencias de su alma y que enloqueció de amor por el genio de la Gloria, padre y libertador de Colombia. Dice el autor que por las arenosas calles de Tenerife deambulaba una viejecita de bellas facciones y educadas manera que iba pregonando que ella era el amor de Bolívar que él habría de regresar algún día para irse con ella a un país lejano lleno de paz y de alegría a disfrutar para siempre de su imperecedero amor. Otras veces lloraba y decía que Bolívar había muerto y entonces le llevaba flores al cementerio y las colocaba en una tumba imaginaria y permanecía postrada en un gran arrobamiento, como si durmiera en los brazos de su amado. Así termina esta triste novela que yo no sabría decir si es leyenda o historia, relato fidedigno o creación historiada producto de la mente poética de Luís Tablanca. Leyenda, Historia, Novela o lo que fuere, nos revela una faceta de personalidad de Bolívar y nos confirma la reciedumbre de su carácter y su fuerza arrebatadora en el amor.
 
Ahora bien:
 
No sobra decir que Bolívar fue procesado por los hechos de Tenerife, no por los amores con la francesa, si no por la paliza que le propinó a su jefe, hecho que en términos militares es de suma gravedad. Bolívar hubiera sido encadenado o posiblemente condenado a muerte, si la Diosa Belona no lo hubiera protegido y encaminado sus pasos por los senderos del triunfo y la gloria. El Congreso de Colombia le perdonó sus faltas pasadas y encomió sus triunfos presentes.
 
Es indudable que la batalla victoriosa del 28 de febrero de 1813, inmortalizada por la historia como la batalla de Cúcuta, constituye para estos valles y toda la provincia de Pamplona, San Antonio, San Cristóbal, Salazar de la Palmas y Espíritu Santo de la Grita, un cambio radical en el acontecer social, económico y político de aquello días. En el decreto que promulga Bolívar el 1 de marzo de 1813 en la ciudad de Cúcuta, “ofrece garantías para las propiedades e industrias de los habitantes, ordena que los prófugos y afiliados a la causa enemiga se presenten dentro de tres días, con las armas que tengan en su poder; que se denuncie el paradero de los fusiles, municiones, pertrechos, efectos, propiedades, muebles, dinero etc.; que pertenecían al gobierno anterior de los españoles, con premios de una parte de ellos para los denunciantes; que se noticie al gobierno republicano de todos los movimientos y medidas que disponga y efectúe el enemigo, que se entreguen al general José Félix Rivas las armas blancas y de fuego recolectadas; que circule el papel moneda del Estado de Cartagena, como plata u oro, según el valor que exprese, el cual será recogido y pagado por el Gobierno de Pamplona, con penas severas para los que resistan esta medida; y, por último, que dentro de cuatro días se presenten en la Villa todos los Magistrados Civiles, Párrocos y Padres de Familia de todo el Distrito Capitular de Cúcuta, a prestar el juramento de fidelidad al Gobierno.
 
Si una medida de esta naturaleza no provoca un verdadero cambio social, no conmueve la vida rutinaria de los pueblos, no arranca de raíz los antiguos sistemas orgánicos del Gobierno; y sobre todo, trastrueca, anula y transforma las costumbres; entonces, ¿qué medidas son las necesarias para transformar a los pueblos?.
 
Es indudable que este decreto se cumplió al pie de la letra y que la vida de los pobladores de los valles de Cúcuta y la de todos los habitantes del radio de acción del mandato sufrieron un cambio sustancial en sus vidas, costumbres,economía doméstica y hasta en sus maneras de creer en Dios y sus designios.
 
¡Y es Cúcuta el hito esplendoroso de sus sueños ¡ Aquel 28 de febrero de 1813, constituye para Bolívar el primer peldaño de su gloria. 

Cúcuta, la luminosa y ardiente, la cordial ciudad de los atardeceres de ensueño, le abre al héroe las puertas de la inmortalidad.
 
Muchas Gracias……
 
 
Febrero 21 de 2008.
 
 Esta fue la última conferencia leida por José Tolosa; en las instalaciones del Auditorio Cote Lamus de la Torre del Reloj de Cúcuta, sede de la Secretaria de Cultura del Departamento, ya que  el mismo 21 de febrero, hacía las 10 de la noche, perdió su facultad para hablar la cual no volvió a recuperar nunca más, pues su fallecimiento se produjo 38 días despúes.