José Antonio Tolosa Caceres
Historiador, escritor y poeta

UNA CARTA PUEDE EXTRAVIARSE CUALQUIER DIA

 

Una carta puede extraviarse cualquier día
 
 
Treinta días después de que Maximio Luengas mató a su mujer, recibió una llamada telefónica de la inquilina del apartamento de arriba.
 
Eran casi las siete de la noche y Maximio acababa de regresar de su trabajo. Tenía los pies hinchados de tanto caminar y se disponía a meterlos en agua caliente para desentumecerlos. El teléfono empezó a repicar en el preciso instante en que Maximio se quitaba los zapatos.
 
Refunfuñando levantó el auricular...
 
- ¡Aló!
 
- ¿El señor Maximio Luengas?.... Le habla la señora Fredes...
 
Como este nombre no le significaba nada, Maximio dijo:
 
- ¿En qué puedo servirla?....
 
- Seguro que se acuerda de mí - dijo la mujer -, vivo en el apartamento 7B, que está precisamente encima del suyo. Estuve en el entierro de su esposa....
 
Muy vagamente Maximio recordó a una señora que hacía poco se había mudado al edificio, una mujer que usaba trajes de florones muy ajustados y transparentes. Había ido al entierro de su esposa, llorando ruidosamente sobre el ataúd; después había vuelto a verla raras veces, retirando su correspondencia en el buzón del edificio.
 
- Sí, ahora recuerdo quien es usted. ¿En qué puedo servirla?
 
- Quería preguntarle si le sería posible venir a mi apartamento por unos momentos. Es para tratarle un asunto importante y, desde luego, de gran interés para usted.
 
- ¿No sería posible otro día? Acabo de llegar de mi trabajo y créame señora Fredes que me siento muy cansado y .....
 
- Vea señor Maximio, es un asunto urgente. ¡Unos cuántos minutos nada más!
 
- Si es así, ahí estaré dentro de contados instantes.
 
Colgó el auricular y se tomó un gran trago de ron muy aguado.
 
Ese apartamento pequeño y encerrado lo deprimía. Por eso se iba a la calle lo más temprano posible y regresaba bien entrada la noche. Esas paredes de un amarillento sucio y esa cama de hierro casi negra, en la que había pasado tan malas noches. La pesadilla de Ana Rosa, su mujer, continuaba ofuscándolo. La veía como aquella tarde en que resolvió ponerle fin a los problemas y la lanzó a la calle por el ventanal del pasadizo. Maximio se tomó otro trago de ron aguado y empezó a atarse de nuevo los zapatos....
 
******
La puerta del apartamento 7B estaba abierta y la señora Fredes desde adentro, en la penumbra, mirando cómo subía las últimas gradas de la empinada escalera.
 
- ¡Pase adelante señor Luengas!, le dijo.
Maximio se hallaba perpelejo. La siguió adentro de la habitación.
 
El apartamento 7b era una réplica exacta del suyo, pero muy adornado con baratijas, bandejitas, platicos y figurillas de cerámica. Las paredes recubiertas con papeles de colgadura cuyos dibujos aparecían desteñidos y viejos.
 
- Siéntese don Maximio, ¿supongo que aceptará un cafecito?
 
- Claro que sí, señora Fredes, muchas gracias....
 
Se sentó en un viejo sofá de felpa roja, mientras la veía entrar a la cocina y encender la llama de la estufa debajo de una ollita nueva de aluminio.
 
No era una mujer mal parecida. El cuerpo se insinuaba macizo bajo la bata casera de color rosado con ribetes de seda negra. El cuello, sin embargo, se desbordaba en una gruesa papada y algunas arrugas empolvadas. La observaba en silencio, a la espera de que dijera algo acerca del motivo por el cual lo había llamado.
 
De pronto élla comentó:
 
- ¡Usted se levanta muy temprano!...
 
- Por motivo de mi trabajo -comentó Maximio-, a las cinco de la mañana todos los días.
 
- Yo lo escucho todas la mañanas, por lo general me despierta. Le aseguro que no lo hago a propósito.... Por supuesto que no -prosiguió élla-, lo que sucede es que las paredes y los pisos son muy delgados....
 
Y mirándolo desde la estufa le lanzó una sonrisita maliciosa.... En este edificio -continuó-, todo el mundo puede darse cuenta de lo que hacen los demás y de lo que acontece....
 
Maximio asintió con cierta sensación de inquietud. A su lado, en una jaula de barrotes blancos, había un periquito de Java.....
 
La señora Fredes trajo dos tazas de café.
 
- Espero que le guste fuerte.
 
El lo probó ligeramente y dijo:
 
- ¡Delicioso!
 
Debe ser duro eso de levantarse solo por las mañanas - comentó la señora Fredes. Digo, ahora que Ana Rosa no está....
 
Pestañeó con rapidez, esperando el efecto que en su interlocutor produjeran sus palabras.
 
- Sí, resulta bastante pesado.
 
- Algo terrible lo de su esposa -dijo con lentitud la señora Fredes. Los investigadores judiciales concluyeron que había sido suicidio, ¿no es así? Saltó por la ventana poco antes de que usted regresara del trabajo, ¿verdad?
 
- Así es -murmuró Luengas, con bastante incomodidad.  
 
Se movió fastidiado en el sofá y encogió las piernas.
 
- Usted y su esposa discutían mucho, ¿no es así? Yo los escuchaba desde aquí, peleando, arguyendo, insultándose....
 
- ¿Quiere usted decir que no nos entendíamos? Pues sí. Quizá por eso se mató. Pero no creo que ese asunto sea nada que nos incumba ahora.....
 
- ¡Claro que no! -Aceptó élla sonriente-, pero tendrá que admitir que cuando se es una mujer solitaria, sin nada qué hacer -salvo limpiar el apartamento- se adquiere la mala costumbre de espiar a los vecinos y fisgonear para.....
 
- Francamente, señora Fredes....
 
- Se asombraría usted de lo que veo desde mi ventana, a los vecinos del otro lado del patio, a las personas de la calle.... con decirle que el mes pasado, mientras limpiaba la parte baja de la puerta, me di cuenta que podía ver hasta la ventana de su apartamento....
 
Maximio se levantó...
 
- No comprendo a dónde me quiere llevar con su conversación....
 
- Siéntese, señor Luengas.... -le indicó élla con voz fría y calmada, luego soltó una sonrisita sarcástica y agrego:
 
- Sería mejor que se tomara su café... se le está enfriando.
 
Maximio se dejó caer en el sofá y se quedó mirándola con atención....
 
Ella prosiguió:
 
- Como le iba diciendo, descubrí que podía atisbar hasta su ventana y, sépalo de una vez, de hecho presencié la caída de su esposa, ¿no le resulta interesante?
 
Maximio permaneció callado.
- Sí, de hecho -continuó la señora Fredes- ¡fue una cosa terrible! En mis pesadillas todavía la oigo gritar, pero usted no sabe nada de los gritos, ¿verdad? Usted no estaba en la casa en esos momentos ..... y .....
 
- Muy bien -exclamó Luengas, ¿pero qué demonios está tratando de insinuarme? ....
 
Fredes acarició el periquito. Luego siguió bebiendo su café y estudiando a Maximio, por encima del borde de la taza, con sus ojillos maliciosos.
 
- Usted sí estaba en la casa, señor Luengas -le soltó de pronto- Lo ví con estos ojos. Y su esposa no se tiró por la ventana.... ¡Usted la arrojó de un empujón!....
 
Era lo que Maximio esperaba. Permaneció tranquilo, pero las palmas de las manos le sudaban sobre la descolorida tela del sofá.
 
- No sé nada de lo que me está diciendo -contestó Maximio.
 
Como si no hubiera oído, la señora Fredes continuó hablando mientras deslizaba los dedos por los barrotes de la jaula.
 
- Estoy segura de que puede imaginarse mi sorpresa -le dijo-. Aquí estaba yo asomándome, inclinada para limpiar mi puerta y veo de pronto a dos personas que forcejean frente a la ventana de su apartamento, luego el hombre empuja a la mujer y esta se derrumba en el vacío.... Bueno es que sepa que yo no pertenezco a la categoría de las personas que se mezclan en los asuntos de los demás; por esa razón he permanecido calladita, me desagrada mucho causar molestias....
 
Se inclinó sobre la jaula y como si hablara con el periquito repetía:
 
- Honrada, ¿verdad periquín?... Sólo que ahora tengo dificultades económicas, cierta deuda bancaria, lo caro del apartamento, lo costoso de la comida....
 
- Está usted loca, señora Fredes -le contestó Maximio con voz temblorosa- ¡Está pretendiendo chantajearme descaradamente!
 
- La ropa, la cuenta del doctor -prosiguió la señora Fredes-, es algo espantoso la cantidad de dinero que se necesita en estos días para vivir. Pues bien, no sería posible que usted, a cambio de mi silencio, me diera.... digamos, ¿una pequeña ayuda? Digo, si no es pedirle demasiado.... Usted tiene un trabajo fijo y una buena remuneración....
 
- ¡Me largo ya mismo de aquí! -contestó Maximio. Se levantó del sofá y se dirigió a la puerta.
 
- No tuve absolutamente nada que ver en ese asunto. ¡Usted no puede probar nada, usted está loca!
 
Entonces, la señora Fredes tomó el auricular y empezó a marcar un número en el disco. Estoy segura de que usted no estuvo mezclado en ese asunto -dijo. Probablemente sea mi exaltada imaginación, pero considero necesario informar a las autoridades estos hechos, meramente como un acto de justicia y civismo.
 
Maximio se precipitó hacia el teléfono y oprimiendo la barra de cierre, se quedó mirándola y por fin exclamó:
 
- ¡Muy bien! ¿qué desea? Entremos a un arreglo amigable.
 
 
******
Las cosas -pensaba Maximio Luengas- están ahora peor que antes. Para eso hubiera sido mejor que Ana Rosa siguiera viviendo; que continuara insultándolo, amenazándolo por la menor cosa que hiciera. ¡Cuán poco había durado la maravillosa libertad que siguió al "accidente"! A Ana Rosa la había reemplazado la señora Fredes, y ésta resultaba tan intolerable como la difunta, pero mucho más sagaz y peligrosa.
 
*******
 
La monotonía de su trabajo se sumaba diariamente a su incomodidad. Caminaba por las calles ardientes de la ciudad con la mente fija en el problema. No era el dinero lo que le preocupaba, -la señora Fredes apenas exigía cincomil pesos semana les-, su preocupación consistía en lo que élla había visto; una sola palabra dicha a cualquier persona indiscreta, podía llevarlo a la cárcel o duplicarle la erogación en desmedida forma. Al parecer, no había ninguna solución. Estaría ligado a la señora Fredes el resto de sus días y su libertad pendiente de una telaraña....
 
Estas cavilaciones lo llevaron a la conclusión de que la vida de la señora Fredes no tenía por qué continuar; que él, con sus propias manos, podría resolver el problema de la manera más sencilla y permanente.
 
******
La señora Fredes lo llamó al final de la semana.
 
Luengas se estaba despachando una comida insípida y meditabunda en su apartamento, cuando sonó el teléfono.
 
- ¡Hola!, -saludó la señora Fredes-, solamente deseo saber cuándo puedo esperar mi primer abono.
 
- En unos cuantos días -gruñó Luengas-, no se me ponga pesada ni tan exigente.
 
Su risita por teléfono no se oía muy melodiosa.
- Creo que debemos establecer un sistema regular y fijo -le indicó. De hoy en adelante señalaremos el viernes de cada semana. Me lo puede poner en mi buzón a la entrada del edificio.
 
- Se lo subiré personalmente -repuso Luengas.
 
- Muy bien, pero creo necesario aclararle algo.... Hace unos cuantos días puse por escrito todo lo que sé acerca de la muerte de su esposa....
 
- ¡Qué! Maldita sea, eso fue una estupidez... Si alguien ve....
 
- Despreocúpese, señor Luengas, nadie lo verá. Puse mi escrito en un sobre sellado y lacrado y se lo entregué a una amiga íntima, con las instrucciones de que si algo llegara a ocurrirme, lo envíe por correo a las oficinas del Fiscal General de la Nación.
 
- ¡Vaya, que toma usted sus precauciones!, ¿verdad?
 
- Hombre, señor Luengas, no me gustaría irme de cabeza por una ventana. Usted comprende lo que quiero decirle, ¿no es así? ¡Esa carta puede ser mi ángel de la guarda!
 
Luengas golpeó el auricular como contestación. Esa vieja estúpida creía tenerlo en la trampa. Había tomado la obvia precaución de una carta escrita como prueba.
 
¡Cuán equivocada estaba! Luengas se sonrió para sus adentros. Después se sentó a la mesa y terminó de engullir con apetito su insípida comida.
Más tarde, con una botella de ron entre pecho y espalda se quedó desplomado en un viejo sillón, mirando fijamente las paredes de un amarillo bilioso, sucio y desteñido. Los efectos del ron le hacían ver el rostro de Ana Rosa en el sombrío tablero de la ventana. Se echó otro trago y la cara de la señora Fredes surgió por encima de la de Ana Rosa. ¡Pobre vieja estúpida, con que carticas al Fiscal!.... Por supuesto que hay que preparar bien las cosas. Hay que tener en cuenta que dos muertes en un mismo edificio en el corto espacio de un mes, pueden despertar sopechas graves. Ese es el mayor peligro. Pero no había remedio. Era forzoso correr el riesgo, al fin y al cabo los accidentes ocurren cualquier día, en cualquier lugar, y la señora Fredes, obviamente, ¡no se iba a caer de una ventana!....
 
******
El corredor estaba completamente solo y en penumbra. Luengas llamó a la puerta con gran suavidad. Pudo escuchar el crujido de los resortes de la cama y luego las leves pisadas de la señora Fredes sobre la raída alfombra. Ella abrió la puerta y se lo quedó mirando, como tratando de enfocar los ojos.
 
- No fue mi intención despertarla -explicó Luengas-, pero me parece que le debo algo.
 
- ¡Está usted loco, son las cinco de la madrugada!
 
En el pálido resplandor del amanecer, el semblante sin ningún maquillaje de la señora Fredes aparecía abotargado y viejo.
 
- Tengo que irme a mi trabajo -contestó Maximio, metiéndose bruscamente en la salita. Ella cerró la puerta y lo siguió.
 
- No me parece nada chistoso, la próxima vez póngalo en el buzón...
 
- La próxima vez.... -murmuró Maximio y se sonrió.
La vieja se apretó la bata y dijo:
 
- ¡Muy bien, deme el dinero y váyase de aquí!...
 
Luengas entró en la cocina y estudió la estufa. Era igual a la de su apartamento: tres quemadores arriba y un horno central. Abrió la puerta del horno.
 
- ¡Qué está haciendo! -exclamó la señora Fredes.
 
Maximio extrajo un guante afelpado del bolsillo y comenzó a ponérselo en la mano derecha.
 
- ¡Salga, salga de mi apartamento! -le ordenaba élla.
 
- ¿Sabe? -empezó a decir Maximio a manera de conversación. No hay realmente ninguna razón por la cual no debiera yo matarla ¿verdad?
 
La señora lo único que demostró fue impaciencia.
 
- ¿Quiere usted cerrar ese horno? ¡deme mi dinero y lárguese de aquí!
 
- Usted no está muy asustada ¿verdad?
 
- ¿Asustada yo? -se rio con aspereza. Usted es quien debería estar aterrorizado, ¿cree que me ando con bromas en eso de la carta? ¿Se imagina que mi amiga no la enviará a su destino?
 
- No creo que esté bromeando -replicó Luengas-, ¡pero sepa que me importa un comino!
 
Ajustó muy bien el guante en su puño -por un instante sintió lástima por la vieja-, luego se dirigió hacia élla. Los ojos abotargados de la señora Fredes parpadearon en la semipenumbra mientras daba un paso atrás....
 
- Recuerde -le repetía-, escribí una carta, de modo que si algo llega a sucederme.... si algo.....
 
¡Le soltó un puñetazo violento en la parte lateral del rostro! Ella se fue inclinando, cayendo lentamente en los brazos de él que la esperaban. Entonces le examinó con cuidado la cara, el puñetazo con el guante no había dejado huella alguna en el cutis de la señora Fredes. Llevó una silla desde la salita y la colocó frente a la estufa abierta y apoyó la cabeza de la vieja desmayada en el horno. La ventana de la cocina estaba un poco abierta y la ajustó completamente, luego abrió al máximo la llave del gas....
 
Al salir del apartamento pasó junto a la jaula del periquito. Se preguntó, sin congoja, si también moriría por causa de las emanaciones. Salió al corredor y cerró tras de sí la puerta del apartamento. Eran exactamente las cinco y diez minutos de la madrugada.
 
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A la mañana siguiente, el cartero entregó su acostumbrado y voluminoso paquete de correspondencia en las oficinas del Fiscal General.
 
- ¡Dios santo, cuántas cartas! -dijo uno de los secretarios. Y, a propósito, don Maximio ¿cuánto tiempo lleva usted en este oficio?
 
- Son casi treinta años -respondió Luengas con indiferencia.
 
- Cuénteme, ¿nunca ha perdido una carta?
 
- ¡Nunca!, pero no me ufano. Quizá uno de estos días se me pierda un sobre. Nadie está exento. ¡Al fin y al cabo una carta puede extraviarse cualquier día!
 
Cargó su voluminosa maleta del correo y bajó -silbando- la amplia escalera de la fiscalía.
 
Afuera, la calle estaba iluminada por el ardiente sol de la mañana.