José Antonio Tolosa Caceres
Historiador, escritor y poeta

EL PRESTAMO

 

El Préstamo
 
Después de haber soportado una larga y penosa enfermedad murió mi padre en abril.
 
Fue entonces cuando resolví retirarme de la Policía, Institución a la que había servido por espacio de diez años, para dedicarme por entero a la administración del pequeño fundo rural que como único heredero me correspondía.
 
La propiedad era un conuco en una las veredas más apartadas de aquella comprensión municipal y, aunque de pequeña extensión, poseía magníficas tierra y abundantes aguas, excelente, por ende, para todo tipo de cultivos.
 
Mi mayor anhelo era volver al campo donde había nacido. Trabajar la tierra como lo habían hecho mis padres y todos mis antepasados.
 
Con los ahorros que tenía reunidos, más lo que había de recibir por primas de retiro y otras gabelas oficiales, calculé que podría atender los trabajos de la finca y satisfacer las necesidades de la familia, constituida apenas por mi esposa y una hija pequeña.
 
¡Y nos fuimos al campo!
 
Pero la finca no era ni sombra de lo que yo esperaba. Por causa de su enfermedad, mi padre la había abandonado durante largo tiempo y ahora todo era miseria y desolación.
 
La casa estaba en ruinas. Las cercas caídas y podridas. La tierra llena de malezas y algunos vestigios de antiguos cultivos que, comidos por el herbazal, no daban fruto alguno.
 
¡Era, pues, necesario volver a empezar!
 
Enfrentar las circunstancias y vencerlas. No había otra alternativa y empecé a trabajar.
 
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En reconstruir la casa, restituir las cercas y limpiar de malezas el terreno gasté los dineros disponibles habiendo quedado a mitad de camino en mis proyectos. Me faltaba aún adquirir semillas, arar las tierras, realizar las siembras, atender los cultivos y abrigar la esperanza de que el tiempo fuera propicio para el logro de las ilusorias cosechas.
 
Ante tal circunstancias, el único recursos posible era un préstamo agrario. Y con ese fin me fui al pueblo a entrevistarme con el señor Gerente de la Caja Agraria.
 
No puedo negar que el señor Gerente era persona muy atenta y comprensiva. Me demostró confianza y me felicitó por mis proyectos de trabajo.
 
- Despreocúpese don José María -me dijo-, la próxima semana los funcionarios de la Caja visitarán su finca y una vez que la hayan evaluado en todos sus aspectos, entraremos a estudiar su solicitud de crédito. Váyase tranquilo y tenga la seguridad de que estamos para servirlo.
 
Yo no sólo me fui tranquilo sino optimista y esperé esa semana y otra más y los señores visitadores no llegaron.
 
Entonces volví donde el señor Gerente quien se manifestó sumamente apenado por el involuntario incumplimiento y me prometió que antes de finalizar el mes se realizaría esa diligencia. Y esperé ese resto de mes y parte del siguiente, pero los señores visitadores no llegaron.
 
El tiempo transcurría indetenible y la época de siembras se hacía cada día menos propicia. Era necesario presionar un poco y por éllo volví donde el señor Gerente simulando disgusto, pero con la última esperanza de que me prestara el dinero para la realización de mis proyectos.
 
El hombre, siempre solícito y atento, me presentó mil disculpas. Me explicó que había mucho trabajo, que no contaba sino con dos visitadores, que las fincas quedaban muy retiradas y una larga sarta de inconvenientes que no sólo me dejaron convencido sino conmovido por las vicisitudes que tenían que sufrir los pobres funcionarios de la Caja.
 
- Como yo sí tengo voluntad de ayudarlo -me dijo con voz confidencial-, tráigase el miércoles dos bestias ensilladas para que los señores visitadores vayan a caballo y no olvide prepararles un buen almuerzo, reforzado con uno que otro aguardientico para que le tomen estimación y le ayuden.
 
Después agregó, en voz baja, y casi en mi oído:
 
- Aquí entre nos, a éllos les gusta la platica, así que si le fuere posible, páseles unos pesos, pues usted sabe que el billete es aceite que afloja todo tornillo.
 
Esto último lo vi difícil, pero convine en éllo, siempre y cuando el préstamo saliera lo más pronto posible.
 
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Y el miércoles de la siguiente semana, los señores visitadores llegaron a la finca. La miraron desde una lomita. Hicieron anotaciones en sus respectivas libretas y me formularon algunas preguntas. Después almorzaron. Durmieron la siesta a la sombra del mango del patio y, finalmente, resolvieron regresar al pueblo, con lo cual daban por terminada la tan esperada diligencia.
 
Yo vine con éllos para devolver las bestias que eran alquiladas. A la entrada del pueblo les dije:
 
-Doctores, yo les estoy muy agradecido por su visita y les ruego ayudarme en todo lo que puedan. Por acá tengo unos centavos que quiero obsequiarles para que se tomen unas cervezas en mi nombre. Les alargué un sobre con los últimos veinte mil pesos que me quedaban, en la plena confianza de que con este acto aseguraba definitivamente el anhelado préstamo.
 
- Muy bien, José María, -me dijo el más viejo-, cogiendo ávidamente el sobre, véngase el viernes, para entonces ya habremos rendido el informe y el señor Gerente le dirá lo que fuere del caso.
 
Fui con éllos hasta la puerta de su hotel, donde se apearon. Yo regresé la vereda con las mulas.
 
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De acuerdo con lo convenido, vine al pueblo el viernes. El señor Gerente no estaba, había salido para la capital a una reunión de Gerentes seccionales; debía, pues, regresar el viernes siguiente. Y regresé el viernes siguiente y pude entrevistarme con el señor Gerente quien me informó que los visitadores no habían rendido aún el informe, que era requisito indispensable para el otorgamiento del crédito. Ahora yo estaba verdaderamente amoscado, todos mis sueños de agricultor próspero se frustraban, se convertían en una pesadilla, en la apoteosis del papeleo y la tramitología oficiales. Posiblemente, toda esa tragedia se reflejó en mi cara, porque el señor Gerente, mirándome con lástima, me dijo:
 
- Aunque no es lo usual, le reitero que quiero ayudarlo, y para ganar tiempo vaya adelantando el lleno de requisitos.
 
Y, al efecto, me entregó un sobre grande de papel manila, rebosante de formularios "para llenar en letra de imprenta", según rezaba el encabezamiento de los mismos.
 
Ya en mi casa, sentado bajo el mango del patio, empezó el calvario de llenar la "solicitud de crédito".
 
No tuve dificultad en escribir con letras de molde lo relativo al nombre del solicitante, lugar de nacimiento, fecha de lo mismo, estado civil, nombre del cónyuge, número de hijos, documento identificatorio, etc, etc.
 
En otro formulario decía: lugar o vereda donde está ubicada la finca, comprensión municipal, nombre de la finca, linderos y extensión superficiaria; ¿qué clase de cultivo tiene?, calcule el valor posible de la próxima cosecha, ¿de cuántos potreros consta?, estado de las cercas, número de reses y demás semovientes que posea. Agregue a estos datos la escritura pública, la matrícula inmobiliaria y el avalúo catastral, debidamente actualizados y otra enorme cantidad de vainas, que de uno tener todos esos haberes, ¡para qué carajos crédito!
 
Pero eso no es todo. En otro formulario encabezado con la palabra Balance, seguía la segunda parte de la flagelación: dinero efectivo en caja, dinero en bancos y otras entidades crediticias, cuentas de ahorro, cuentas por cobrar, propiedades rurales y/o urbanas, semovientes, vehículos, herramientas agrícolas y.... ¡pare de contar que nos volvemos locos!... 
¿Si uno fuera dueño de tántas propiedades qué necesidad tendría de cortarse la cara para pedir plata prestada? ¡O yo soy muy bruto o el gobierno es una soberana mierda!.... Cállate hombre que aquí hay más formularios, son para los codeudores del solicitante y aquellos otros para los fiadores de los codeudores. Demostración palpable de que el gobierno confía en la honradez del campesino.
 
De todas maneras, al cabo de una semana de trabajo ingente, están listos los formularios, hablados y convenidos, codeudores, fiadores y demás gente del pueblo. El próximo domingo estaremos legalizando el crédito y quien quita que nos entreguen de una vez el dinero. Ansío darle principio a mis proyectos y hacer realidad mis esperanzas.
 
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El señor Gerente me recibió con la deferencia de siempre. Los peritos habían rendido informe positivo. Los codeudores y fiadores me fueron aceptados sin reticencias, los formularios estaban correctamente diligenciados. ¡Qué bendición!
 
- Todo está en regla, don José María -me dijo el señor Gerente-, ahora esperemos que la Junta Directiva estudie la documentación, le asigne el cupo de crédito y ordene su ejecución.... ¡Yo creo que en unos veinte días estamos listos!....
 
Sólo Dios sabe el esfuerzo que tuve que hacer para no rajarle un madrazo al señor Gerente. ¡Veinte días más, cómo si el tiempo de los campesinos fuera basura, como si las siembras no estuvieran sometidas a las estaciones, como si el hombre del campo valiera menos que el estiércol! Tres meses en esta batahola y vea donde vamos, ser uno pobre....
 
Estas y otras reflexiones ocupaban mi mente mientras me tomaba una "amarga" en la cantina de la tuerta Juana. De pronto, un caballero de ruana blanca, carriel terciado, sombrero de jipa y botas amarillas, interrumpió mis pensamientos pidiéndome permiso para sentarse a mi mesa.
 
- Claro, amigo, -le dije-, bien pueda, yo ya me iba.
 
- No, no se vaya -me suplicó-, acompáñeme a una cervecita y antes conversamos. Soy forastero en este pueblo y no tengo con quien compartir unos tragos.
 
- Como guste, señor, -le respondí.
 
Y así fue como nos conocimos.
 
Inspirado por los aguardientes, derramé sobre ese desconocido toda la amargura, las frustraciones y resentimientos que agobiaban mi espíritu. Le conté mis proyectos, mi retiro de la Policía, la muerte de mi viejo, lo de la finquita....
 
- No se desespere, amigo José María. Yo soy amigo de los amigos, y como usted me ha demostrado confianza, quiero corresponderle. Mañana visitaremos la finca y, si es apta para un cultivo especial, ya verá cómo cambian las cosas en menos tiempo del que usted se imagina.
 
Y al otro día muy temprano -aunque un poco enguayabados- estuvimos en la finca. Don Roberto, que así se llama mi providencial amigo, estaba encantado con la propiedad. Es lo que yo andaba buscando -me decía-, es la tierra apropiada para el cultivo y el lugar más estratégico para el negocio.
 
Paseamos la finca de cabo a rabo.
 
Cuando regresamos a la casa, mi mujer nos esperaba con un suculento sancocho, que había aderezado con la última gallina que nos quedaba.
 
Don Roberto comió con voracidad, aduciendo que los aguardientes del día anterior y el largo paseo por el campo, le habían abierto el apetito.
 
Tendido en una hamaca, don Roberto durmió una larga siesta bajo el mango del patio. Eran las tres de la tarde cuando se levantó dispuesto a regresar al pueblo. Fue entonces cuando abrió el carriel y sacando un grueso fajo de billetes me dijo:
 
- Calculo, don José María, que entre preparar la tierra y atender a los demás gastos propios del cultivo se le pueden ir unos quinientos mil pesos, para que no vaya recortado le dejo un millón. Una vez que la tierra esté lista, regresaré con la semilla y, entonces, con las instrucciones de siembra y atención del cultivo le dejaré otro millón. Cuando recolectemos la cosecha recibirá usted tres millones más y una vez vendida y despachada la mercancía, arreglaremos cuentas para ver cuánto le queda por su trabajo. Póngale fe al negocio, don José María, no le cuente a nadie sus actividades, ¡séame fiel y verá cómo prospera!  
 
Luego, llamando a mi mujer, le dijo:
 
- Doña Elena, créame que hacía tiempo que no me comía un sancocho tan sabroso. Aquí le dejo estos veinte mil pesos para que reponga la gallina y se compre para usted algo que le guste. Espero, don José María, que todo nos salga como lo hemos planeado.
 
Montó su mula y, espoleándola, salió por la trocha que conduce al camino real....
 
Mi mujer y yo quedamos asombrados de la facilidad del negocio, de la confianza que nos demostró don Roberto, pero lo más admirable, entregarnos un millón de pesos, sin formularios de solicitudes, sin codeudores y sin el martirio de llenar tantos papeles con letras de imprenta...
 
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Lo que acabo de narrarle, señor, sucedió hace cinco años. Ahora soy hombre rico. Junto con mi esposa disfrutamos de una vida holgada, nuestra hija estudia en uno de los mejores colegios de la capital. Don Roberto y yo somos socios. Nos entendemos muy bien y nuestros negocios marchan sobre ruedas.
 
Ya veo su interés en saber qué pasó con lo del préstamo agrario. Satisfaré su curiosidad.
 
Días después de los hechos relatados, el señor Gerente de la Caja me mandó a llamar para informarme que la Junta Directiva me había asignado un cupo de veinte mil pesos.
 
- Pásese por la oficina, para que me llene unos daticos que le faltan y entregarle el cheque respectivo -me dijo.
 
Como es natural, le di las gracias, ¡pero nunca fui por el maldito cheque!...
 
!Ah, permítame presentarle a este amigo que viene aquí, es don Arturo. Se retiró de la Gerencia de la Caja y ahora es mi asistente personal. ¡Los visitadores de que le hablé.... éllos, éllos también trabajan para mí!