José Antonio Tolosa Caceres
Historiador, escritor y poeta

LOS ALGODONALES DE LA MACUIRA

 

Los algodonales de La Macuira
 
El 16 de julio de 1951, todas las naves surtas en aquel remoto puerto guajiro, enarbolaron sus trenes de banderas para celebrar el día de la Virgen del Carmen, que es la patrona de los navegantes católicos del Caribe.
 
No menos de veinte embarcaciones menores se hallaban ancladas en las transparentes aguas de la ensenada natural que un pequeño brazo de mar conforma, bordeando un promontorio coralino poblado de frondosos y altísimos manglares.
 
El puerto, habitualmente triste y solitario, se encontraba ese día repleto de colores, de música, de fuegos pirotécnicos y alegría general. Los marineros y los traficantes del matute, lucían sus mejores galas y escanciaban a granel numerosas botellas de finos licores extranjeros. Por doquier se oían rancheras, calipsos y vallenatos, y la algazara del papiamento, "maracucho" y guajiro, le daban al innominado lugar el aspecto de un puerto cosmopolita. El día era claro y luminoso, refrescado por los vientos alisios, que por los meses de julio y agosto, soplan de oriente a occidente con pausada, pero constante velocidad. Nada en el ambiente presagiaba el más mínimo acontecimiento desagradable.
 
La fragata Almirante Padilla de la Armada Nacional, había llegado la noche anterior, procedente de Cartagena y se había fondeado a unas dos millas marinas de distancia, ya que su gran calado le impedía acercarse más a la ribera. Desde el puerto se le divisaba esbelta y bella, con sus banderas desplegadas, flotando como una garza de plata sobre el mar de esmeralda rizado por el viento.
Llamó la atención del Capitán aquella profusión de banderas de distintos países, ondeando por encima de los manglares y poblando de colores el espacio. Quiso saber a qué se debía tánto despliegue y envió una comisión a tierra para que lo averiguara. Al efecto, a eso de las diez de la mañana, llegaron en un bote varios guardiamarinas que de inmediato entraron en conversación con los achispados y alegres celebrantes, quienes, sin ninguna malicia, los informaron del motivo de la fiesta así como de las actividades y destino del puerto improvisado. Mostraron orgullosos las bodegas donde se almacenaban ricas y numerosas mercaderías traídas de contrabando de Aruba, Curazao y otras importantes islas del Caribe.
 
Divulgaron, sin ambages, los nombres de los principales empresarios y el número de personas que laboraban en estos menesteres, así como la calidad y tonelaje de los barcos destinados a la empresa.
 
Dijeron, además, que el negocio era "redondo", pues del mismo modo que se traían maravillosas mercancías, también se llevaban productos de la región y del interior del país, tales como café, pieles, animales de nuestra fauna y otras especies, que dejaban pingües ganancias.
 
Los soldados no hicieron comentario alguno. Compartieron con sus ocasionales anfitriones tragos y cigarrillos y regresaron a la fragata sin dejar sospecha de que horas más tarde regresarían no como amigos sino como represores de delitos....
 
A media tarde -cuando la fiesta alcanzaba su máximo apogeo-, los soldados de la fragata se tomaron el puerto por sorpresa. Hicieron presos a la mayoría de los capitanes de barco y obligaron a las gentes a derrumbar las puertas de las bodegas, sacar los bultos de mercancías y embarcarlos en botes especiales para conducirlos a las grandes bodegas del barco de guerra.
¡Todo lo que había en el puerto fue decomisado!
 
A eso de las cinco de la tarde, la Almirante Padilla puso rumbo hacia Cartagena, llevándose en reata las veinte embarcaciones menores que hallaron en el puerto y presos a sus respectivos capitanes. El espectáculo era sencillamente hermoso, pero la tristeza y desolación del puerto era lamentable. Los ricos matuteros que no habían logrado eludir la acción de los soldados se lamentaban de sus pérdidas y los que nada habíamos perdido     -por causa de poseer nada-, nos aprestábamos a enfrentar una situación desastrosa.
 
No quiero ser prolijo en lo que vino después del desastre. Sólo quiero decir que el hambre se nos enroscó como una boa constrictora en el cuello. No había agua dulce, ni arroz, ni aceite, ni nada que pudiera mitigar la necesidad imperativa que nos imponía aquella desgraciada circunstancia.
 
Para mi fortuna, yo había hecho amistad con un rico comerciante, que por tener su negocio a varios kilómetros del puerto, no sólo se había librado de ser preso sino que no sufrió desmedro alguno en sus haberes. Se llamaba Chico Mejía, era venezolano, y desde mucho tiempo atrás se había establecido en aquellos parajes logrando acumular un capital y formar un hogar con siete esposas guajiras que le acrecentaban sus riquezas y lo consolaban de sus nostalgias de tierras más civilizadas.
 
Acudí a su casa. No era necesario contarle ni explicarle nada. Lo sabía todo con lujo de detalles. Fue entonces cuando me dijo: "Yo tengo unas tierra muy buenas en La Macuira y desde hace tiempo acaricio la idea de cultivarlas de algodón. Como ustedes los "cachacos" son buenos para todo, por qué no va y las mira. ¡Si le agradan, nos asociamos y quién quita que dentro de poco seamos los primeros exportadores de algodón guajiro!
 
Temprano al día siguiente, me encaminé hacia la Tierra Prometida. En una mochila llevaba panela, tabacos y galletas. Caminé sobre la arena ardiente del desierto hasta el pie de la montaña, donde no me fue difícil encontrar el sendero que, de acuerdo con las instrucciones de Chico Mejía, habría de conducirme a mi destino.
 
La cuesta era empinada, el camino escarpado y el calor sofocante. La sed me devoraba. Sentía fuertes calambres en la quijada, torcijones en el estómago, tenía la boca seca como una yesca, la lengua gruesa y saburrosa y un nudo enorme en la garganta. ¡Creí morir de insolación! Pero al tomar un trecho plano del camino, ligeramente sombreado por la raquítica vegetación del terreno, oí voces y comprendí que estaba cerca de alguna ranchería de indios. No era una ranchería sino una cacimba, que es un hoyo profundo de donde emerge un exiguo chorrito de agua que va formando un pozo minúsculo de donde las indias con infinita paciencia van llenando sus múcuras de barro.
 
Eran varias indias. Una de éllas, comprendiendo mi mala situación, vino trayéndome un jarro lleno de un líquido amarillo con sabor a lodo, que yo bebí deleitosamente como si fuera licor de los dioses.
 
Calmada la sed y vencido el soponcio, premié la bondad de mis benefactoras con ricas galletas y deliciosos tabacos. Les conté entonces que me dirigía a las tierras de Chico Mejía, que allá había una casa grande y el encargado era un señor a quien llamaban el Maracucho.
 
Yo ignoraba que las indias no hablaban con "arijunas", es decir, "extranjeros", pero, por señas, me hicieron entender que iba bien. Que el camino era recto y sin pérdida y que llegaría antes de cerrarse la noche. Yo no caminaba, corría como un perro jadeante. A medida que avanzaba empecé a oir redobles de tambor a cortos intervalos que me llenaron de pánico. En la alta Macuira viven los indios cocinas que, aunque minúsculos de cuerpo, tienen fama de ser muy crueles y antropófagos. Los guajiros les temen.
 
De pronto, cuando la tarde empezaba a declinar, llegué a un sitio donde todo era distinto. La vegetación se tornaba, de cenicienta y hostil, en verde y acogedora. Una mínima vertiente de agua cristalina atravesaba la campiña. Entonces recordé que Chico me había dicho que al llegar a este punto, debía torcer a la derecha y que a poca distancia, entre cocoteros y mangos, estaba la casa.
 
Y así fue. Me recibió el Maracucho.
 
- Lo estaba esperando -me dijo.
 
- ¿Cómo pudo saber que yo venía? ¿Se lo mandó a decir Chico?
 
- No señor, me lo contaron los indios.
 
- ¡Pero, ¿cómo?, yo no encontré a nadie en el camino, salvo unas indias que al empezar la travesía me dieron de beber!
 
- ¿Oyó tambores en el trayecto?
 
- Ah, ¡eso sí!
 
- Pues, así es como supe que usted venía acercándose. Ese es el telégrafo de estas tierras.
Momentos después estaba repantigado en un chinchorro guajiro, paladeando una taza de rico café negro y aspirando el aroma de un delicioso guiso de conejo que venía desde la cocina. ¡La hospitalidad guajira es proverbial!
 
Le conté al Maracucho el desastre del puerto y lo informé acerca del motivo de mi viaje.
 
- ¡Chico Mejía debe estar loco! El no ha visto nunca un cultivo de algodón. Estas tierras son buenas a trechos, es decir, en los lugares donde brotan los arroyos, pero sólo humedecen unos cuantos metros por cada orilla y cuando mucho recorren cincuenta metros, después se embeben en la tierra y no vuelven a aparecer sino varias leguas más abajo. Claro que para los indios (yo incluido), estos oasis son una bendición de Dios. Como verá mañana, aquí crece el mango, se da el ñame, la patilla y otras plantas comestibles, pero todo en mínima cantidad. El algodón es otra cosa. ¡Mi compadre Chico Mejía está loco de amarrar!
 
De este modo, mi amable huésped, cercenó de un tajo mi sueño de ser el primer exportador del algodón guajiro.
 
Después de la exquisita comida que nos sirvió la india -mujer del Maracucho- encendimos sendos aromáticos cigarros y empezamos a conversar como dos viejos amigos. Ciertamente, el Maracucho era una excelente persona.
 
De pronto me dijo:
 
- Ahora que hemos entrado en confianza, quiero que me ayude a resolver un problema que me tiene como a perro con pulgas.
 
- Pues si está a mi alcance, tengo mucho gusto -le dije. El prosiguió:
 
- Resulta que tuve necesidad de hacer un viaje a Maracaibo, por cuestiones netamente personales, donde me demoré un mes. Yo tenía aquí una buena tienda. Al irme pensé que la persona más indicada para administrarla durante mi ausencia era mi cuñado, que es ese indio "coño e madre" que ve usted muy tranquilo sentado en la cocina. Y mire lo que me devuelve, los estantes vacíos.
 
- Pero seguramente le tendrá el dinero de las ventas.
 
- No, cachaco, ¡no tiene un carajo! ¡Todo se lo ha metido en ron "Parijimarú", que es un trago para burros!
 
- ¿Y a cuánto ascendía el valor de las mercancías?
 
- Pues yo calculo que como a cincomil bolívares.
 
- ¿Y él qué dice? ¿Qué razones le presenta?
 
- Ninguna, cuando le pregunto algo se queda callado y me mira como una fiera. ¡Le adivino las ganas que le dan de matarme! Prefiero cerrar el pico.
 
- ¿Y su mujer, qué dice? ¿Acaso no resulta élla también perjudicada?
 
- Claro que sí, pero élla es su hermana y usted no conoce a los indios.
 
- Tiene usted razón, amigo Maracucho.
 
Da dos chupadas al tabaco y prosigue:
 
- Pienso bajar a Nazaret a denunciarlo ante el señor corregidor y ante los Padres Capuchinos, ¡a ver si lo meten a la cárcel por ladrón y por mal nacido!
 
- Dígame Maracucho, ¿usted le entregó a su cuñado las mercancías por inventario?
 
- ¡No, cacha! No se me ocurrió ¡Cómo iba yo a pensar que mi propio cuñado me robara, máxime estando aquí su hermana, es decir, mi mujer!
 
- Entonces, no debe demandarlo. ¡No tiene pruebas para acusarlo! Recuerde que ante las leyes colombianas, el indio es menor de edad y por lo tanto inimputable. Haga de cuenta que se bebió esa plata y siga adelante. ¡Olvídese del indio!
 
El indio, desde la cocina, me miraba de reojo. Yo no decía nada que pudiera ofenderlo o indicarle que estaba en su contra. Pues yo, aunque joven, sabía que la prudencia es excelente consejera y recordaba para mis adentros el dicho costeño que dice: "¡Machete, tate en tu vaina!".
 
En la mañana del día siguiente, llegó un hombre de mediana edad y alta estatura. Dijo venir del puerto y se hizo lenguas relatando los hechos provocados por la Almirante Padilla.
 
- ¡El puerto está muerto, no hay agua ni comida, mejor dicho, no hay nada! Yo me vine ayer por la tarde. Caminé toda la noche para evitar el calor y la sed, así acostumbro hacerlo cuando camino por estos andurriales.
 
El Maracucho que, al parecer, no estaba satisfecho con mis consejos respecto del indio, su cuñado, le contó también al desconocido lo del robo de la tienda y le pidió concepto acerca de lo que debiera hacer.
 
- ¡Yo, de usted, -le dijo el hombre-, ya le hubiera pegado un par de tiros a ese indio miserable! ¿En estas lejanías, quién le va a cobrar ese perro? La india, aunque sea su hermana, no podrá decir nada porque es la mujer suya, y si es que élla no está implicada -como me lo imagino-, entonces también resulta perjudicada por el robo.
 
El indio lo miró con desprecio, pero no dijo nada.
 
Después el hombre le dijo al Maracucho:
 
- Venga para que conversemos en privado. Se fueron paseando entre los cocoteros y se supone que hablaban del indio y de mí, pues con frecuencia tanto el uno como el otro mostraban hacia la casa.
 
¡De pronto vi que el indio tenía un rifle en las manos!
 
Sufrí un sobresalto, pero me tranquilicé inmediatamente, pues el indio con paso lento se dirigió a la cocina, masculló con su hermana algunas palabras en su idioma y colgó el arma, a la bartola, de la cornamenta de un venado. Después, de la misma cornamenta, colgó sobre el rifle una manta, disimulando así la presencia del arma.
 
Ignoro lo que hablaron el Maracucho y su visitante. Lo cierto es que el "arijuna" se puso pesado con el indio. Le decía, sin rodeos, "indio ladrón y desagradecido", "perro miserable", y otras lindezas que el indio simulaba no entender, ¡pero yo sabía que sí las entendía, y de qué modo!
 
Un día después, por un camino distinto al de llegada, bajábamos en fila india la escabrosa pendiente de la serranía. Abría la brecha una burra con su carga de mangos, tras la burra caminaba la india -mujer del Maracucho-. Detrás iba yo, tras de mí otra burra y otra india y, finalmente, aquel desconocido deslenguado.
 
El camino era arduo. El sol quemante. La sed abrasadora.
 
En la distancia se divisaba el mar como una línea azul, trazada sobre el pergamino amarillento del desierto. Un viento de simún silbaba entre los chamizales e irrespetaba la majestad de los cardones.
 
De pronto, en una revuelta del camino, nos sorprendió la súbita detonación de un arma de fuego, cuya resonancia rompió el silencio del paisaje yermo y se extendió en ondas sonoras por el espacio vacío...
 
La india me miró con angustia. Peló sus blancos y finos dientes, como esbozando una sonrisa, pero yo sólo vi en su rostro tiznado, el reflejo de una conmoción de su espíritu. ¡La miré imperturbable, como si no le diera importancia al hecho, como si no hubiera oído el disparo, como si un grito desesperado no hubiera hecho jirones el silencio de la hora y del paisaje....!
 
Habíamos llegado a una profunda garganta del camino, donde había una cacimba. Las indias determinaron abrevar las burritas y aprovechar la relativa frescura del lugar para tomar el almuerzo.
 
Yo comí silencioso mi ración de mango biche y apuré una jarra de aguabarro. Después continuamos el camino en silencio...
 
Tres semanas más tarde, desde la cubierta del Fort de France, que apuntaba orgulloso su largo bauprés hacia Martinica, contemplaba yo el cielo de límpido zafiro, apenas manchado por la inmaculada blancura de una bandada de gaviotas. El mar, tan limpio como el cielo y rizado por el viento, formaba larguísimos surcos de espuma y tal vez -por una asociación de ideas-, sentí que en el alma me estaban floreciendo los algodonales de La Macuira.... Pero al instante, tan bello pensamiento se me tornó oscuro. Imaginé también que en esa lejanía azul, que iba quedando a mis espaldas, entre las rocas ardientes, comidos por las aves de rapiña, se tostaban al sol, olvidados para siempre, los huesos de un desconocido imprudente....
 
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